Palco Premier

La histórica noche de Miami, en la que ganó el beisbol

= El juego México-Japón, el mejor de la historia.

= Recital de un gran beisbol a lo largo de 9 entradas

= Lo mismo: “jugamos como nunca, perdimos como siempre”

 

El juego entre México y Japón ha sido calificado como el mejor de toda la historia del clásico mundial de este deporte, torneo equivalente a la Copa Mundial que organiza, cada cuatro años, la Federación Internacional de Futbol Asociación. Fue el partido del lunes 20, en Miami, ya en semifinales y que, por espacio de cuatro horas, mantuvo en vilo a la afición beisbolera de nuestro país.

La definición del órgano rector del beisbol nos parece de lo más acertado. Evidentemente en los archivos del clásicodeben surgir muchos encuentros de esta magnitud; pero pocos como el México-Japón, que nos llevó al paroxismo de la emoción, en buena parte por todo lo que representaba. Para ser más claros, la calificación a la gran final.

México, lo recordamos, mantuvo el comando del juego por seis entradas y todavía, tras dos outs de la séptima, ganaba 3-0; pero ahí los nipones nos alcanzaron en un abrir y cerrar de ojos, cuando, lamentablemente, comenzó a hacer agua el staff de relevistas del manager Benjamín Gil, departamento que, paradójicamente, se había mostrado como la mejor fortaleza del seleccionado nacional.

Los nuestros todavía sacaron la casta para adelantarse 5-3 en la apertura del octavo capítulo; pero los japoneses acortaron 5-4 sobre el cierre y en el noveno dejaron a México sobre el terreno de juego y a nosotros clavados sobre nuestros asientos, incrédulos, en medio de un silencio sepulcral. La fiesta se apagó, cuando amenazaba con prolongarse hasta bien entrada la noche, con la cancelación del último pedido de cerveza al expendio.

Para cuando la definición, sin embargo, ambos equipos nos habían ofrecido momentos verdaderamente vibrantes, como derivación directa de un beisbol de mucha categoría, de mucha altura, al nivel de la pelota de Grandes Ligas.

El desenlace del partido nos llevó a las reflexiones de otros buenos momentos del deporte mexicano, cuando hemos tenido la gloria al alcance de la mano e invariablemente -salvo muy contadas excepciones – las dejamos escapar. Aparece de inmediato el “jugamos como nunca y perdimos como siempre”, el “le tenemos miedo al éxito” y el trillado “¿Cuándo aprenderemos a ganar?”.

Se vale porque todo esto es real, de algún modo. Los ejemplos son incontables.

Finalmente, la derrota ante Japón dolió.

Y dolió mucho.

Y es que, cuando no se experimentan estos sentimientos -al igual que el de la victoria – ningún sentido tiene permanecer dos o tres horas en un estadio o bien pegado al televisor si el resultado no va a influir en nuestros estados de ánimos. Cierto es que una victoria o una derrota no va a cambiar, para nada, nuestra realidad y el país seguirá tan jodido como siempre; pero ¡ah! Como se disfruta cuando se gana (las pocas veces que sucede) e igual ¡uf! como se sufre cuando se pierde. Y si no es así ¿Cómo para qué pues?

En el juego contra los nipones, sin embargo, apareció la satisfacción de la gallarda lucha ofrecida por los nuestros y lo muy cerca que estuvieron de la victoria. Y como paliativo, ahora, el que haya sido catalogado ya como el mejor de la historia.

Algo se ganó, a la postre. Yo creo que se ganó mucho. Me quedo con las palabras del manager Benjamín Gil:

-Esta noche ganó el beisbol.