Nuestras madres

 

En alguna parte de su programa Variedades de Media Noche, el Loco Valdez aparecía tocado con un sombrero borsalino y se anunciaba a sí mismo como “Meny Váldez” porque iba a cantar un blues: el Mamy Blue.

Mi madre entonces se atilincaba en su silla y se metía casi a la pantalla.

Su síndrome de huérfana temprana la llevaba a sufrir y disfrutar a un tiempo cualquier pieza que hablara de la ausencia materna, cómo está de los Pop Tops, que la grabaron en inglés y también en Español.

“¿Por qué tu casa tan vacía? ¿Por qué cerrada noche y día?” Por entonces aguantaba más los embates de la nostalgia. En sus últimos años lloraba casi al oír el nombre de la canción que le íbamos a poner en la grabadora o en el estéreo.
Fallecida su mamá Pachita, la hermana mayor, Florentina, se hizo cargo de la pequeña huérfana, quien siempre la vio como otra madre benefactora y abnegada.

Dejó su Rosario cuando casó con el galán Juan Francisco Chiquete, y aquí estuvo al amparo de su suegra, Teodora Corona, protectora y severa, territorial y por ende, señora de su casa.

Por eso tuvimos el privilegio de crecer con dos mamás. La mamá Teodora, que ponía orden y proveía desde los nuevos cambios de pantalón corto y camisas, hasta los antojos ocasionales y los lujos testimoniales de fotografías callejeras o de estudios ambulantes, con escenografías móviles.

Y por supuesto teníamos a la mamá Chuy, toda entrega, dulce y tierna, hasta que sentía que le tocaban a sus niños, aunque fuese en escaramuzas intrascendentes.

Así tuvimos todos los estados de ánimo para formarnos. La gigantesca imagen fuerte de la abuela chaparrita, doña Teodora, a quien fuimos viendo cambiar de dimensiones con el paso de los años, y la cercanía incondicional de mi madre, que lo fue de once hijos con los que cada nuevo conocido hacía el mismo chiste “¿y todos vivos? ¡Pues unos vivos y otros tontos, pero todos comen!”.

Desde luego, ahí estuvieron siempre mi abuelo Isidro y mi padre Juan Francisco, lo mismo que mi tío Leoncio, que ahí desarrolló también a su propia familia, con mi tía Rosalinda.

Cuando en sus últimos años a doña Chuy la afectó un accidente cerebro-vascular, fue la convaleciente más atendida. Sus ocho hijas se turnaban para cuidarla cada día y cada noche, cumpliéndole más antojos de los que recomendaba su salud, porque nadie se podía resistir a sus instrucciones, como no podían evitar las hábiles maniobras con que deslizaba al forro del sillón las pastillas que debía tomar.

Su partida fue un golpe desolador, aunque ya casi todos en su prole éramos de edad más bien mayor. No hay momento adecuado para quedarse sin la mamá.

Para entonces ya sus hijas eran madres también, pues las que no, ya habían ayudado a criar una enorme parvada de sobrinos. Sus hijos le acercamos más nietos.

Cuando apareció Ofelia, doña Chuy se deshizo de cualquier objeción, aprobando lo que ella consideró que era mi elección (Ofelia todavía se resiste a aceptar que la iniciativa fue suya).
Por supuesto, nadie en la familia quiso emular la hazaña de repoblar el mundo. La mayor de las hijas se fue hasta el quinto parto buscando el varón, pero los demás fluctuamos en dos o tres, o uno.

Ofelia por su parte ha sido una madre ejemplar, firme de carácter pero fácil de convencer por las aspiraciones de sus hijos. Nada ha escatimado por ellos y sólo ha fallado cuando ha pretendido ser dura.

No podía ser menos. Doña Rafa, su mamá, fue el ejemplo de una excelente jefa de familia, con una iniciativa y una capacidad de decisión que permitieron que ella y su esforzado marido salieran adelante con siete hijos.

El destino quiso que doña Chuy y doña Rafa compartieran fecha de defunción, aunque con cuatro años de diferencia. A ambas se les extraña con la misma intensidad con que se les quiere.
Cuando uno hace estos recuentos se percata de la similitud en la generalidad de los casos y valora más el papel de la mujer y la importancia de la madre. Felicidades a todas.