NO LE ALCANZAN LOS VIVOS PARA ENTERRAR A LOS MUERTOS
Por: Roberto Montoya Martínez
Bien es cierto que la carrera de actor es duradera, siempre y cuando conserve uno la lucidez y la suficiente fuerza física durante la vejez. Sin embargo, hay histriones que optan por el retiro, ya que consideraron que hicieron cuanto pudieron por el arte, para ello fincaron un patrimonio que les permite vivir con dignidad los últimos años de su vida. Caso contrario de un actor que ganó dinero a raudales en sus mejores épocas, y que ahora vive al día, producto de sus despilfarros. A pesar de ya estar en el octavo piso, no se preocupó por crear un fondo de ahorro para poder vivir de sus rentas, todo por hacerle al caifán del barrio. Pongan ojo al parche.
A Rafael Inclán ya le llegó la lumbre a los aparejos, pues apenas le alcanza para comer. El comediante reconoce que nunca se distinguió por ser ahorrativo. Lana que agarraba, lana que derrochaba, y en el pecado llevó la penitencia. Recientemente se le vio en EL MALEFICIO, donde hizo uno de los personajes centrales. Tal vez esa novela fue una birria, pero hay que entenderlo. Tiene que vivir. Él acepta que cuando hizo filmes del tristemente célebre cine de ficheras, ganó cantidades exorbitantes, pues era uno de los mejores actores del género, equiparándose con su primo Alfonso Zayas, Alberto Rojas “El Caballo” y Lalo “El Mimo”, que estaban nen su mejor momento. Empero, se volvió loquito, empezó a dilapidar su fortuna, sabedor de que siempre le iba a caer trabajo. Desgraciadamente, no fue así. El tiempo le cobró factura, y ahora ruega por trabajo, debido a que, como toda persona, sin importar la edad, tiene necesidades que cubrir. No está mal que trabaje a su edad. Eric del Castillo, Sergio Corona y Queta Lavat hasta el momento de su muerte, son ejemplo de que se puede trabajar aún siendo adulto mayor. Pero a diferencia de Inclán, ellos tienen o tuvieron su vida resuelta. Ojalá no le falte el trabajo al intérprete de EL MOFLES, pues para su buena fortuna, goza de cabal salud, mantiene la lucidez, y tiene el ánimo y la energía para poder seguir haciendo lo que le gusta.
A Rafael Inclán, no le alcanzan los vivos para enterrar a los muertos. Esta es una lección que aprendió demasiado tarde. Lejos de disfrutar del resultado de una vida de trabajo, tiene que seguir trabajando, más por necesidad que por gusto. Si hubiera sido previsor, y ahorrando lo suficiente para tener una vejez digna, no tuviera necesidad de pedir chance en diversos proyectos. Don Rafa no siguió el consejo de esta canción: “Hay que guardar, eso conviene, ya que el que guarda siempre tiene. La salud y la lana que no los tire”. En fin. Para que llorar sobre lo perdido. Dios perdona nuestros pecados. El tiempo, no.
