BITÁCORA INQUIETA

 

EL DÍA EN QUE DESCUBRIMOS QUE EL ALGORITMO TAMBIÉN EDUCA

México comienza a preguntarse quién acompaña realmente a nuestros niños cuando pasan horas frente a una pantalla.

Jesús Octavio Milán Gil

Un niño sostiene un teléfono entre las manos.

Está sentado en el sofá de su casa.

Desliza el dedo.

Un video.

Otro.

Otro más.

Nadie parece decirle qué debe mirar.

No hay un maestro frente a él.

No hay un padre indicándole cuál será el siguiente contenido.

No existe un editor escogiendo las imágenes.

Aparentemente, el niño decide.

Pero detrás de aquella pantalla existe algo que no vemos.

Un algoritmo.

Una arquitectura matemática capaz de observar qué video terminó, cuál abandonó después de tres segundos, dónde detuvo el dedo, qué imagen repitió, qué buscó, qué compartió y qué consiguió mantenerlo algunos segundos más frente a la pantalla.

El niño aprende del teléfono.

Pero el teléfono también aprende del niño.

Y quizá allí comienza uno de los debates más importantes que México tendrá que enfrentar en los próximos años.

Porque durante generaciones nos preguntamos qué estaban aprendiendo nuestros hijos.

Ahora tendremos que preguntarnos también:

¿quién está decidiendo lo que ven?

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México comenzó a discutirlo formalmente en 2026.

El Gobierno federal abrió un debate nacional sobre el impacto de las redes sociales, las pantallas, las plataformas digitales y la inteligencia artificial en niñas, niños y adolescentes.

La presidenta Claudia Sheinbaum anunció en julio la realización de foros regionales para construir, mediante discusión y consenso, una propuesta que posteriormente pueda ser presentada al Congreso de la Unión.

No existe todavía una prohibición nacional general de redes sociales para menores.

Eso debe quedar claro.

México está discutiendo.

Está escuchando.

Está comparando experiencias.

Y está intentando responder una pregunta para la cual prácticamente ningún país tiene todavía una solución definitiva:

¿cómo protegemos a los niños en internet sin expulsarlos del mundo en el que inevitablemente tendrán que vivir?

Porque prohibir resulta sencillo.

Educar es mucho más difícil.

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Sería absurdo declarar a la tecnología enemiga de la infancia.

Internet abrió una de las bibliotecas más grandes que haya conocido la humanidad.

Un niño puede observar Saturno desde su habitación.

Puede recorrer virtualmente un museo ubicado a miles de kilómetros.

Puede escuchar otro idioma.

Puede aprender matemáticas.

Puede descubrir cómo funciona una célula, construir un robot, consultar un atlas, conversar con familiares que viven en otro país o acceder en segundos a conocimientos que hace apenas una generación exigían bibliotecas enteras.

La inteligencia artificial amplía todavía más esas posibilidades.

El problema, entonces, no es la tecnología.

El problema comienza cuando confundimos acceso con formación.

Porque tener toda la información del mundo en la palma de la mano no significa necesariamente comprenderla.

Y mucho menos saber defenderse de ella.

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Hay una diferencia fundamental entre la televisión con la que crecieron varias generaciones y las plataformas digitales que utilizan nuestros niños.

La televisión transmitía prácticamente el mismo contenido para todos.

Internet no.

Dos niños sentados uno junto al otro pueden abrir la misma plataforma y entrar en mundos completamente diferentes.

¿Por qué?

Porque existe un intermediario invisible.

El algoritmo.

Los sistemas de recomendación analizan señales de comportamiento para decidir qué contenido tiene mayores posibilidades de captar nuestra atención.

No necesitan conocernos como nos conoce un amigo.

Les basta conocer nuestro comportamiento.

Dónde nos detenemos.

Qué repetimos.

Qué buscamos.

Qué ignoramos.

Qué comentamos.

Qué consigue que permanezcamos conectados.

Y mientras más utilizamos una plataforma, mayor puede ser su capacidad para personalizar aquello que aparece frente a nosotros.

Eso puede resultar extraordinariamente útil.

Pero cuando quien está frente a la pantalla es un niño, aparece una pregunta ética inevitable:

¿podemos hablar de una elección completamente libre cuando quien elige todavía está desarrollando su capacidad de juicio y, del otro lado, existe una tecnología diseñada para aprender qué estímulos consiguen retener su atención?

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Aquí aparece una palabra que pocas veces mencionamos cuando hablamos de nuestros hijos:

negocio.

Muchas plataformas digitales participan en lo que suele llamarse economía de la atención.

Mientras más tiempo permanecemos conectados, mayores son las oportunidades de mostrarnos publicidad, recopilar señales sobre nuestros intereses, recomendar contenidos y mantener nuestra participación dentro del servicio.

Por eso algunas plataformas utilizan desplazamiento infinito.

Reproducción automática.

Notificaciones.

Recomendaciones permanentes.

No existe necesariamente un final.

Antes terminaba el programa.

Terminaba la película.

Terminaba el periódico.

Ahora podemos seguir deslizando el dedo durante horas.

Y quizá ésta sea una de las paradojas más inquietantes de nuestro tiempo:

nunca antes una generación de niños había tenido acceso a tanta información.

Pero tampoco una industria había tenido tanta información sobre una generación de niños.

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Los riesgos tampoco pertenecen solamente al terreno de las hipótesis.

En junio de 2026, el Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes difundió resultados de Disrupting Harm México, investigación impulsada por UNICEF, ECPAT International e INTERPOL.

Uno de sus datos debería obligarnos a detener el dedo sobre la pantalla.

El estudio reportó que 13 por ciento de la población de 12 a 17 años usuaria de internet en México sufrió alguna forma de explotación o abuso sexual facilitados por la tecnología durante 2023 y 2024.

No estamos hablando únicamente de pasar demasiado tiempo viendo videos.

Estamos hablando también de acoso.

Engaños.

Extorsión.

Contacto con desconocidos.

Manipulación de imágenes.

Violencia sexual digital.

Pero detrás de cada porcentaje existe algo que las estadísticas difícilmente consiguen mostrar: un adolescente que tuvo miedo de contarlo, una familia que quizá nunca se enteró y una pantalla que permitió que alguien cruzara, sin tocar la puerta, los límites de una casa. El peligro digital posee esa característica inquietante: puede entrar en la habitación de un niño sin que ningún extraño haya cruzado físicamente la calle.

Y ahora debemos añadir algo que hace apenas algunos años parecía ciencia ficción:

inteligencia artificial capaz de fabricar fotografías, voces y videos extremadamente convincentes.

La tecnología que puede ayudar a un estudiante a comprender una ecuación también puede utilizarse para colocar falsamente el rostro de una adolescente sobre una imagen íntima.

La herramienta es la misma.

La diferencia está en quién la utiliza y para qué.

Y aquí aparece una frontera que apenas comenzamos a comprender. Durante años enseñamos a nuestros hijos a no creer todo lo que leían en internet. Ahora tendremos que enseñarles algo todavía más difícil: a no creer necesariamente todo lo que ven y escuchan. Porque hemos entrado en una época en la que una fotografía puede mostrar algo que nunca ocurrió, una voz puede pronunciar palabras que jamás fueron dichas y un video puede fabricar una realidad que nunca existió.

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Otros países comenzaron a experimentar respuestas más radicales.

Australia convirtió el asunto en uno de los mayores experimentos regulatorios del mundo.

Desde diciembre de 2025, determinadas plataformas deben adoptar medidas razonables para impedir que menores de 16 años mantengan cuentas.

La responsabilidad principal recae sobre las empresas, no sobre los niños ni sobre sus padres.

Durante los primeros meses de aplicación, millones de cuentas identificadas como pertenecientes a menores fueron restringidas o eliminadas.

Pero incluso allí la discusión continúa.

Porque inmediatamente aparece otra pregunta:

¿cómo sabe una plataforma que alguien tiene 13, 15 o 17 años?

Para verificarlo podría recurrirse a diferentes mecanismos de estimación o comprobación de edad.

Y entonces aparece una paradoja extraordinaria.

Para proteger la privacidad de un niño podríamos terminar pidiéndole más información sobre sí mismo.

Documentos.

Imágenes.

Datos biométricos.

Patrones de comportamiento.

¿Quién conservará esa información?

¿Durante cuánto tiempo?

¿Podría utilizarse para otra finalidad?

La protección digital también puede producir nuevos riesgos digitales.

Por eso las respuestas fáciles deberían preocuparnos casi tanto como el problema.

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México tendrá que encontrar su propio camino.

Ya existen propuestas legislativas que buscan establecer edades mínimas, consentimiento parental y mayores obligaciones de protección en los entornos digitales.

Pero sería un error pensar que una edad escrita en una ley resolverá por sí sola el problema.

Un adolescente puede mentir sobre su fecha de nacimiento en segundos.

Puede abrir otra cuenta.

Puede utilizar el dispositivo de alguien más.

Puede trasladarse a otra plataforma.

La prohibición puede cerrar una puerta.

La educación enseña qué hacer cuando inevitablemente aparezca otra.

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Y aquí debemos repartir responsabilidades.

Porque durante demasiado tiempo hemos colocado casi todo el peso sobre las familias.

“Vigile a sus hijos.”

“Active controles parentales.”

“Revise el teléfono.”

“Limite las horas.”

Todo eso importa.

Pero resulta insuficiente cuando una familia común enfrenta sistemas diseñados por algunas de las empresas tecnológicas más sofisticadas del planeta.

La protección infantil no puede depender exclusivamente de que cada padre descubra dónde está escondida una configuración dentro de una aplicación.

Las empresas también tienen responsabilidades.

Privacidad por defecto.

Diseños apropiados para cada edad.

Mecanismos rápidos de denuncia.

Protección frente a adultos desconocidos.

Transparencia sobre recomendaciones.

Límites a determinadas formas de publicidad dirigida.

Controles familiares comprensibles.

Sistemas que no conviertan deliberadamente la vulnerabilidad infantil en tiempo de permanencia.

Hay un principio que comienza a ganar importancia internacional:

seguridad desde el diseño.

Es decir, que proteger a los niños no sea una opción escondida dentro del menú.

Que sea parte de la arquitectura misma del producto.

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Pero tampoco podemos absolvernos los adultos.

Existe una escena que ocurre millones de veces.

Un niño se inquieta en un restaurante.

Le entregamos el teléfono.

Se aburre durante un viaje.

Le entregamos el teléfono.

Queremos conversar.

Le entregamos el teléfono.

Necesitamos trabajar.

Le entregamos el teléfono.

Queremos descansar.

Le entregamos el teléfono.

Y lentamente aquel pequeño aparato comienza a ocupar funciones que antes pertenecían a diferentes espacios de la vida.

Se convierte en entretenimiento.

Compañía.

Maestro.

Televisión.

Juego.

Refugio.

Y algunas veces también en niñera.

Después nos sorprendemos porque el niño no quiere soltarlo.

Pero quizá deberíamos preguntarnos primero:

¿quién se lo puso tantas veces entre las manos?

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También la escuela tendrá que cambiar.

Durante siglos enseñamos a leer palabras.

Ahora tendremos que enseñar a leer pantallas.

No basta saber utilizar una aplicación.

Eso no es alfabetización digital.

Un niño verdaderamente alfabetizado digitalmente debería aprender a preguntarse:

¿Quién produjo este contenido?

¿Por qué apareció frente a mí?

¿Es verdadero?

¿Existe otra versión?

¿Es publicidad aunque no parezca publicidad?

¿Esta fotografía es auténtica?

¿Esta persona existe?

¿Quién obtiene algo si continúo mirando?

¿Estoy tomando una decisión o alguien está intentando orientar mi decisión?

Eso significa alfabetización mediática.

Informacional.

Algorítmica.

Y quizá debería convertirse en una de las grandes materias transversales de la educación del siglo XXI.

Porque enseñamos durante años a nuestros niños cómo cruzar una calle.

Mirar hacia ambos lados.

Reconocer el semáforo.

Identificar el peligro.

Tal vez llegó el momento de enseñarles también cómo cruzar internet.

México podría cometer un error histórico si convierte la educación digital únicamente en enseñar a utilizar computadoras. Saber abrir una aplicación no significa comprender el mundo digital, de la misma manera que saber encender un automóvil no significa saber conducir. La nueva alfabetización tendrá que enseñar pensamiento crítico, privacidad, verificación de información, convivencia digital y comprensión elemental de los algoritmos. Porque la herramienta más poderosa frente a una tecnología capaz de influir en nosotros seguirá siendo una inteligencia humana capaz de preguntarse por qué.

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Sin embargo, debemos evitar otro extremo.

La protección infantil no puede convertirse en pretexto para construir una sociedad permanentemente vigilada.

Los niños y adolescentes también tienen derechos.

Derecho a aprender.

A comunicarse.

A expresarse.

A participar.

A desarrollar progresivamente autonomía.

A conocer el mundo.

Internet forma parte de ese mundo.

Por eso el verdadero desafío democrático consiste en encontrar un equilibrio extraordinariamente delicado:

proteger sin aislar.

Regular sin censurar.

Educar sin demonizar.

Innovar sin abandonar la responsabilidad.

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Tal vez ése sea el verdadero debate que México apenas comienza.

No decidir si nuestros hijos vivirán con tecnología.

Esa discusión terminó hace mucho tiempo.

Vivirán con ella.

Estudiarán con inteligencia artificial.

Trabajarán con sistemas que todavía no hemos inventado.

Se relacionarán mediante herramientas que probablemente hoy ni siquiera podemos imaginar.

La pregunta importante es otra:

¿bajo qué reglas aprenderán a convivir con ellas?

Y todavía una más incómoda:

¿al servicio de quién funcionarán esas tecnologías?

Tal vez estamos frente a una de esas discusiones que dentro de veinte años parecerán obvias. Hubo un tiempo en que los automóviles no exigían cinturones de seguridad, los juguetes podían fabricarse con materiales que después descubrimos peligrosos y fumar parecía perfectamente normal en espacios cerrados. La sociedad aprendió que el progreso no consiste solamente en inventar cosas nuevas. Consiste también en construir reglas cuando descubrimos sus consecuencias.

Internet probablemente atraviesa ahora esa edad.

Ya no estamos descubriendo únicamente todo lo que puede hacer.

Estamos comenzando a preguntarnos todo lo que debería hacer.

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Regresemos al niño.

Sigue sentado frente a la pantalla.

Desliza el dedo.

Un video termina.

Comienza otro.

Después otro.

El algoritmo observa.

Compara.

Calcula.

Aprende.

El niño también aprende.

Pero no necesariamente están aprendiendo lo mismo.

Durante siglos nos preocupamos por quién educaba a nuestros hijos.

Elegimos escuelas.

Buscamos maestros.

Compramos libros.

Transmitimos valores.

Preguntamos con quién salían.

Queríamos conocer a sus amigos.

Hoy existe un nuevo acompañante sentado silenciosamente junto a ellos.

No tiene rostro.

No duerme.

No necesita levantar la voz.

Observa pacientemente cada movimiento de sus dedos.

Aprende qué les gusta.

Qué los inquieta.

Qué los hace quedarse.

Lo llamamos algoritmo.

Quizá el gran desafío de México no sea decidir cuándo deben entrar nuestros niños al mundo digital.

Quizá sea algo mucho más difícil:

decidir qué clase de mundo digital queremos construir antes de dejarlos entrar solos.

Porque algún día ellos nos preguntarán qué hicimos mientras aquella tecnología aprendía a conocerlos.

Y no bastará responder que les compramos un teléfono.