PALABRAS QUE DAÑAN
Había un restaurante en una ciudad de los más de 200 países que tiene el globo terráqueo, donde mucha gente asistía con frecuencia; se hacía fila, para entrar, sobre todo en fechas especiales. Muy rico estaba todo.
Muchas personas visitaban el lugar porque es muy agradable, y se tenían unos espacios muy bonitos, que algunos clientes los utilizaban de “escondite”, allá se iban a desayunar con acompañantes más jóvenes. Pero no era exclusivo de ese lugar, en todas partes ocurre. Porque la original intención era otra, aunque sirviera para eso, también.
El punto al que quiero llegar, es que, en algún momento, de esos de los que, algunos señores que pasean a diferentes mujeres se fue para este bello lugar y llegó con una chica mucho más joven que él, pero después llegó la esposa.
Como dicen el los ranchos, ¡Hay amigo, hubiera visto!
El señor se fue de inmediato para la parte trasera del restaurante, porque había una conexión o escape, hacia el patio amplio que se dejaba ver junto con un canal de riego que, adornaba sobremanera la parte de la orilla, muchos árboles de gran tamaño, una enramada que sostenía unas hamacas, justo ahí, debajo de los huanacastles.
Toda esa naturaleza era testigo del coraje de la esposa que no hacía otra cosa mas que lanzar improperios a ambos, pero se le dejaba ir a la pobre chica, que lo único que quería era divertirse un poco, con una persona que casi le doblaba la edad.
Recuerde el dicho que a su letra dice: “Pa gato viejo, ratón tierno”, se estaba llevando a cabo éste.
El dueño del lugar, muy sociable con todo aquel que visitaba el lugar, en algún momento se manejó con un dicho muy singular: “Su alimento, es mi sustento”; socializaba de manera impresionante, con todo mundo, pues se echó ese chisme completito.
Cabe destacar que fueron pocas las personas que se enteraron del evento, porque la parte donde se llevó a cabo, fue en un espacio que,
pocas personas van, a reserva de que tengan la intención de descansar en las hamacas.
La mujer, la esposa, muy enojada le reclamaba al marido, buscaba cómo dañar, pero no podía competir con la belleza de la jovencita, mucho menor que ella.
“Pero, ¿cómo es posible, puede ser tu hija? Debería de pensar bien las cosas, no deberías estar aquí, y un sinfín de reclamos e interrogantes que jamás se respondieron, al menos en voz alta. Porque me imagino que a la pregunta de, que, si ya notó que puede ser su hija, el tipo le habría respondido, “Pero no lo es”.
Él tranquilo, muy tranquilo, sólo movía la cabeza como señal de repruebo, claro, de ella, no de él. Ella es la que debería estar en su casa, haciendo esto, aquello, y no ahí, reclamando. A poco no sabía que siempre ha sido así.
Tardaron mucho, en platicar, en golpearse de a poquito, pero más la mujer, era la que daba golpecitos que, no lastimaban físicamente, pero incomodaban. Al menos a la chica, al señor, no. Era lo peor que le podía estar pasando a la esposa. Porque nada lo agredía al tipo, pero de repente se acordó de algo que podía hacer daño y fue así: “Y ya te vio los huevos, llenos de canas, ya te los vio, porque así los tienes” ¡Ah caray! eso sí dolió, eso sí lo inquietó.
Y todo esto me lo contó el mismo dueño del restaurante, que era tan propio al hacer este tipo de narrativas, porque leyó casi toda la literatura española clásica, sobre todo al Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.
“Yo no me metería en esos embrollos, profe, yo no lo haría”: me dijo.
Y así termina esta historia, que no me tocó ver, pero cuando me lo contó, mi amigo, fue tan explícito, que no me faltó información para escribirlo.
A divertirse, de la manera en que cada quien pueda gastar su adrenalina.
