BITÁCORA INQUIETA

EL MAR DONDE LAS BALLENAS TODAVÍA CONFÍAN

Loreto, las ballenas azules y el momento en que un santuario natural comenzó a escuchar el ruido de los megapuertos

JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL

Hay lugares del planeta que todavía conservan algo parecido a la inocencia de la naturaleza.

Sitios donde el océano aún respira sin prisas.

Donde el silencio marino sigue siendo más poderoso que el ruido de los motores.

Y donde los animales más grandes que han existido sobre la Tierra todavía regresan cada invierno siguiendo rutas que comenzaron mucho antes de que existieran los países, las fronteras, los gobiernos y los decretos.

Uno de esos lugares se encuentra en Loreto Baja California Sur.

Allí, frente a las aguas profundas del Golfo de California, llegan las ballenas azules con sus crías para alimentarse, reproducirse, desplazarse y sobrevivir.

Loreto alberga uno de los santuarios más importantes conocidos para la alimentación y crianza de ballena azul en el planeta.

Y no existe otro sitio igual en México.

La escena parece salida de otro tiempo geológico.

Una madre azul avanzando lentamente junto a su cría.

Treinta metros de vida moviéndose bajo el agua con una serenidad imposible.

El corazón de una ballena azul puede pesar más de 180 kilos.

Su lengua puede pesar tanto como un elefante.

Y aunque algunos saurópodos prehistóricos pudieron rivalizar con ellas en longitud, ningún animal conocido ha alcanzado con certeza el tamaño y peso de una ballena azul adulta.

La naturaleza jamás volvió a construir algo semejante.

Por eso lo ocurrido el 10 de abril de 2026 provocó una sacudida nacional entre científicos, ambientalistas, operadores turísticos y habitantes de la región.

Ese día, la presidenta Claudia Sheinbaum firmó un decreto que convirtió a Loreto en puerto de altura y cabotaje.

La decisión abrió la puerta al ingreso de embarcaciones de gran escala precisamente en una de las zonas marinas más sensibles del continente.

Y el problema no es ideológico.

Es biológico.

Porque desde hace años la propia evidencia científica internacional ha documentado que una de las principales causas de muerte antropogénica de las ballenas azules son las colisiones con grandes embarcaciones.

Pero no es el único riesgo.

El ruido submarino generado por cruceros, megacruceros y tráfico marítimo altera la orientación, la comunicación y el comportamiento de los grandes cetáceos.

En especies que dependen del sonido para desplazarse, alimentarse y mantener contacto entre madres y crías, el océano ruidoso puede convertirse en una forma de desorientación permanente.

Y lo más delicado es que esto no constituye una acusación improvisada de grupos ambientalistas.

El propio gobierno mexicano lo había documentado desde años atrás.

El Programa de Manejo del Área Natural Protegida advertía sobre el impacto acústico, el incremento del tráfico marítimo y el riesgo de colisiones dentro del ecosistema marino de Loreto.

Lo sabían.

Y aun así el decreto fue firmado.

La controversia creció todavía más porque la economía local depende precisamente de aquello que hoy podría entrar en riesgo.

En Loreto, miles de familias viven del turismo ecológico.

Del avistamiento de ballenas.

Del buceo.

Del kayak.

De la pesca turística.

De visitantes nacionales y extranjeros que llegan buscando justamente lo que el mundo moderno está destruyendo en otras partes: silencio, biodiversidad y naturaleza viva.

Diversos sectores locales advierten que un aumento descontrolado del tráfico marítimo podría afectar gravemente el equilibrio ecológico y económico de la región.

Y entonces apareció la resistencia ciudadana.

Más de 211 mil firmas fueron reunidas para exigir la revocación del decreto.

Posteriormente, un tribunal concedió una suspensión judicial provisional mientras continúa el proceso legal.

Detrás del conflicto existe una pregunta mucho más profunda que la discusión portuaria.

¿Qué hace una civilización cuando el desarrollo comienza a chocar contra los últimos refugios naturales que aún permanecen intactos?

Porque el problema de fondo ya no es solamente Loreto.

Es el modelo entero.

El planeta atraviesa una época donde los océanos absorben más del 90 % del exceso de calor generado por el calentamiento global.

Las rutas marítimas crecen.

El turismo masivo invade ecosistemas frágiles.

La contaminación acústica submarina aumenta.

Y las grandes especies marinas comienzan a vivir rodeadas de hélices, motores y radares.

La humanidad ha llegado al punto en que incluso las criaturas más gigantescas del planeta necesitan protección frente al ruido humano.

Y quizá ahí exista una metáfora brutal de nuestro tiempo.

Porque si ni siquiera la ballena azul puede mantenerse a salvo del modelo económico moderno, entonces tal vez ningún santuario natural del mundo lo esté ya completamente.

Hay decisiones políticas que construyen puertos.

Y hay decisiones históricas que terminan vaciando silenciosamente los mares.

Loreto podría convertirse en una advertencia para el futuro.

O en el ejemplo de cómo una sociedad todavía fue capaz de detenerse antes de destruir aquello que jamás podrá volver a crear.

Porque una ballena azul tarda décadas en crecer.

Pero basta una generación humana para alterar el equilibrio de un océano entero.