BITÁCORA INQUIETA

EL DÍA QUE ONDEÓ LA BANDERA DE ESTADOS UNIDOS EN PALACIO NACIONAL

Hay derrotas que terminan cuando callan los cañones. Otras permanecen mucho tiempo ondeando en la memoria.

Jesús Octavio Milán Gil

A veces una bandera puede pesar más que un ejército.

Imagino la mañana del 14 de septiembre de 1847.

Son las siete.

La Ciudad de México despierta después de una noche que debió parecer interminable. Todavía queda olor a pólvora. En algunas calles hay cadáveres, escombros, puertas cerradas y ventanas desde las cuales los habitantes miran hacia afuera con esa mezcla de miedo y curiosidad que producen las derrotas.

Hace apenas unas horas ha caído Chapultepec.

Y ahora ocurre algo que ningún mexicano hubiera querido contemplar.

En Palacio Nacional comienza a subir una bandera.

No es la mexicana.

Tiene barras y estrellas.

Es la bandera de Estados Unidos.

Durante unos instantes, mientras asciende por el asta, quizá algunos mexicanos comprendieron que la guerra había dejado de librarse en los caminos de Veracruz, en Cerro Gordo, en Puebla, en Churubusco, en Molino del Rey o en Chapultepec.

La guerra había llegado al corazón político de México.

La bandera estadounidense ondeaba sobre Palacio Nacional.

No es una leyenda.

No es una metáfora.

Ocurrió.

El propio general Winfield Scott lo escribió cuatro días después desde un lugar que, por sí solo, explica la dimensión de la derrota: Palacio Nacional de México. En su parte oficial fechado el 18 de septiembre de 1847 informó que, durante la mañana del día 14, su ejército había izado los colores de Estados Unidos sobre los muros del palacio.

La documentación histórica mexicana coincide: eran aproximadamente las siete de la mañana.

Me detengo en la hora.

Las siete.

Dentro de unas cuarenta y ocho horas sería 16 de septiembre.

México debería estar recordando el inicio de su Independencia.

Pero aquel septiembre no había campanas de fiesta.

Había soldados extranjeros en la capital.

La historia tiene, a veces, una crueldad casi literaria.

Treinta y siete años después del grito de Dolores, una bandera extranjera ondeaba sobre la sede del gobierno de la nación que Hidalgo, Morelos, Guerrero y tantos otros habían ayudado a construir.

Para comprender aquella mañana hay que retroceder.

Estados Unidos había anexado Texas en 1845. La disputa fronteriza y territorial se agravó rápidamente. El presidente James K. Polk era partidario de la expansión estadounidense hacia el oeste y el Pacífico. En 1846 comenzó la guerra entre ambos países.

Después vino la campaña que terminaría llegando hasta el centro de México.

Winfield Scott desembarcó con sus tropas cerca de Veracruz en marzo de 1847.

Desde allí comenzó a avanzar.

Veracruz.

Cerro Gordo.

Puebla.

Contreras.

Churubusco.

Molino del Rey.

Chapultepec.

Cada nombre fue convirtiéndose en una estación del camino hacia la capital.

El 13 de septiembre cayó Chapultepec.

Siempre que pienso en aquel episodio me pregunto qué podía sentir un habitante de la Ciudad de México mientras escuchaba los cañones acercarse.

Nosotros conocemos el final.

Ellos no.

Nosotros sabemos que México sobrevivió.

Ellos estaban viendo derrumbarse, frente a sus ojos, las defensas de su ciudad.

Después de Chapultepec, las tropas estadounidenses avanzaron hacia las garitas y finalmente hacia el centro.

Durante la noche del 13 al 14, las fuerzas mexicanas evacuaron buena parte de la capital.

Y amaneció.

Un destacamento del ejército estadounidense dirigido por el general John A. Quitman avanzó hacia la Plaza Mayor.

Los soldados llegaron frente a Palacio Nacional.

Entonces ocurrió.

La bandera subió.

El capitán Benjamin S. Roberts quedó vinculado históricamente con aquel momento. Las fuentes estadounidenses registran incluso la disputa simbólica por cuál bandera había sido la primera en llegar a determinados puntos durante la ofensiva. Un documento fechado el 17 de septiembre habla expresamente de la primera bandera estadounidense colocada sobre el Palacio Nacional.

José María Roa Bárcena tenía veinte años cuando ocurrió la invasión.

Décadas después reconstruiría aquellos días en sus Recuerdos de la invasión norteamericana.

Su testimonio permite mirar la escena no desde los partes militares estadounidenses sino desde la ciudad derrotada.

Soldados formados en la plaza.

Banderas.

Balcones llenos de personas.

Azoteas ocupadas por habitantes que observaban.

El ejército vencedor celebraba.

La ciudad miraba.

Y aproximadamente una hora después apareció Winfield Scott.

Entró a la Plaza Mayor al frente de sus tropas.

Para los estadounidenses era la culminación de una campaña militar extraordinaria.

Para los mexicanos era otra cosa.

Era contemplar al vencedor atravesando las calles de su propia capital.

Existe incluso una litografía realizada poco después que representa la entrada triunfal de Scott en la Ciudad de México aquel 14 de septiembre. La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos conserva registro de esa imagen.

Pero hay algo que las imágenes triunfales casi nunca muestran.

La gente.

Porque México había perdido militarmente la capital, pero la ciudad no permaneció completamente silenciosa.

Hubo resistencia popular.

Desde casas, calles y azoteas se produjeron ataques contra los soldados estadounidenses. Los testimonios describen disparos, enfrentamientos y represalias.

El Ayuntamiento intentó contener la violencia.

No pudo hacerlo completamente.

Roa Bárcena recordaría que la resistencia continuó durante los días 14 y 15 e incluso llegó al 16 de septiembre.

Detengámonos nuevamente en esa fecha.

16 de septiembre de 1847.

Mientras México recordaba el comienzo de su Independencia, la bandera de Estados Unidos continuaba ondeando sobre Palacio Nacional.

Y no ondearía allí solamente unas horas ni unos cuantos días. Permanecería sobre Palacio Nacional casi nueve meses, desde aquella mañana del 14 de septiembre de 1847 hasta las seis de la mañana del 12 de junio de 1848. Ese día, cumplidos los acuerdos de paz y mientras las últimas tropas estadounidenses se preparaban para abandonar la capital, las barras y las estrellas fueron arriadas y, en su lugar, volvió a subir la bandera mexicana. Hubo salvas de artillería y honores para ambas enseñas. La Plaza Mayor estaba llena. Después de una ocupación que había atravesado incluso el aniversario de la Independencia, México volvía a mirar hacia Palacio Nacional y reconocía nuevamente sus propios colores. No recuperaba el territorio perdido. Pero recuperaba, al menos sobre aquel edificio, el símbolo visible de su soberanía.

Difícil imaginar una contradicción más dolorosa.

Celebrar el nacimiento de una patria ocupada.

Recordar la libertad mientras un ejército extranjero caminaba por sus calles.

Quizá por eso aquel episodio quedó durante mucho tiempo en una zona incómoda de nuestra memoria.

Los pueblos recuerdan con facilidad sus victorias.

Las derrotas necesitan más tiempo.

Nos gusta mirar a Chapultepec y recordar el heroísmo. Y debemos hacerlo.

Pero después de Chapultepec vino el día siguiente.

Y el día siguiente fue 14 de septiembre.

Ese día la guerra dejó una imagen que México jamás debería necesitar ocultar: la bandera de otra nación sobre Palacio Nacional.

La ocupación no terminó inmediatamente.

Las fuerzas estadounidenses permanecieron durante meses en la capital mientras se desarrollaban las negociaciones que conducirían al Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848.

Y entonces la derrota dejó de medirse solamente en muertos, cañones y ciudades ocupadas.

Comenzó a medirse en kilómetros.

México reconoció el río Bravo como frontera de Texas y cedió a Estados Unidos enormes territorios que comprendían Alta California y Nuevo México, una extensión que suele estimarse en más de dos millones de kilómetros cuadrados y que representaba aproximadamente la mitad del territorio que México reclamaba antes de la guerra.

Sobre aquellos espacios se levantarían después California, Nevada, Utah y partes de Arizona, Nuevo México, Colorado y Wyoming.

No fue simplemente una línea que alguien movió sobre un mapa.

Fueron puertos, montañas, desiertos, minerales, caminos y posibilidades futuras que cambiaron de soberanía.

Estados Unidos salió de aquella guerra convertido en una potencia continental extendida prácticamente de océano a océano.

México salió territorialmente mutilado, financieramente exhausto y obligado a preguntarse cómo una república que apenas llevaba unas décadas de vida independiente había llegado a contemplar un ejército extranjero instalado en su capital.

El mapa cambió.

Pero quizá lo más profundo fue otra cosa.

Cambió nuestra conciencia de vulnerabilidad.

México descubrió de la manera más dolorosa que la soberanía no es solamente una palabra escrita en una Constitución.

Puede perderse.

Puede defenderse.

Puede negociarse.

Puede también ondear, durante algunas horas terribles, en una bandera que no es la nuestra.

He vuelto varias veces mentalmente a aquella Plaza Mayor.

No quiero imaginar únicamente soldados.

Quiero imaginar personas.

Un comerciante cerrando apresuradamente su puerta.

Una mujer observando desde un balcón.

Un niño preguntando qué bandera era aquella.

Un anciano guardando silencio.

No sabemos sus nombres.

Probablemente nunca los sabremos.

Aquí termina el documento y comienza la imaginación del cronista.

Pero sabemos que estuvieron allí habitantes de una ciudad que, de pronto, despertó ocupada.

Y pienso precisamente en aquel niño imaginario.

Tal vez preguntó:

—¿Por qué esa bandera está allí?

No sé qué pudo responderle su padre.

Quizá nada.

Hay momentos históricos para los cuales las palabras resultan insuficientes.

Han pasado 179 años.

Hoy volvemos a mirar Palacio Nacional y vemos ondear la bandera mexicana.

La vemos tantas veces que podemos cometer el error de acostumbrarnos.

Pero una bandera nunca debería convertirse solamente en decoración.

Detrás de ella existe una historia.

Y también una advertencia.

Porque la soberanía no consiste únicamente en impedir que un ejército extranjero cruce una frontera.

También significa construir un país capaz de sostenerse a sí mismo: con instituciones fuertes, ciudadanos libres, educación, justicia, economía, memoria y dignidad.

Tal vez por eso vale la pena recordar aquel amanecer.

No para alimentar resentimientos contra Estados Unidos.

La historia no debería servir para fabricar odios hereditarios.

Debe servir para comprender.

Estados Unidos defendía entonces sus intereses y su proyecto expansionista.

México enfrentaba sus divisiones internas, su fragilidad institucional y las consecuencias de décadas de inestabilidad.

La guerra hizo el resto.

Aquel 14 de septiembre de 1847 los soldados estadounidenses levantaron una bandera sobre Palacio Nacional.

Probablemente pensaron que estaban marcando una victoria.

Y tenían razón.

Pero sin saberlo también estaban dejando una lección.

Las naciones pueden perder territorios.

Pueden perder batallas.

Pueden incluso ver ocupada su capital.

Lo verdaderamente peligroso sería perder la memoria.

Por eso, cada septiembre, cuando veo nuestra bandera levantarse sobre Palacio Nacional, pienso por un instante en aquella otra.

La de las barras y las estrellas.

La que subió lentamente aquella mañana de 1847.

La que contemplaron miles de mexicanos desde ventanas, balcones, calles y azoteas.

La que permaneció allí mientras llegaba otro 16 de septiembre.

Y entonces comprendo que quizá las banderas también tienen memoria.

Porque hubo una mañana en que México levantó los ojos hacia Palacio Nacional…

y la bandera que ondeaba no era la suya