BITÁCORA INQUIETA

EL MURO QUE QUISO CONVERTIR AL SOL EN GUARDIA FRONTERIZO

Estados Unidos pinta de negro su barrera con México para calentar el acero y dificultar que los migrantes puedan escalarlo; una frontera más dura que, sin embargo, no alcanza a contener las causas del éxodo.

Jesús Octavio Milán Gil

He recorrido varias veces la frontera entre México y Estados Unidos. He sentido el sol caer a plomo sobre el desierto y he contemplado esa línea que los mapas representan con una raya sencilla, pero que en la realidad está hecha de acero, vigilancia, miedo, esperanza y vidas partidas.

Ahora imagino el amanecer entre Ciudad Juárez y Santa Teresa, Nuevo México.

La primera claridad descubre una interminable sucesión de barrotes negros. Durante unos minutos, el metal conserva todavía el frío de la madrugada. Pero el sol comienza a levantarse, la sombra retrocede y la muralla oscura absorbe lentamente la radiación del desierto.

Del lado mexicano, una persona la contempla.

Quizá es un padre que lleva en el bolsillo la fotografía de sus hijos. Tal vez es una madre que ha recorrido miles de kilómetros con un niño dormido sobre el hombro. Puede ser un joven que dejó su casa después de recibir una amenaza o alguien que vendió cuanto tenía para pagarle a un traficante que le prometió un paso seguro donde jamás lo hubo.

No mira solamente una estructura de acero de hasta nueve metros de altura. Mira el último obstáculo entre la vida que dejó atrás y la vida que todavía sueña alcanzar.

Frente a él se levanta ahora un muro negro, construido no únicamente para impedirle avanzar, sino para que el sol participe también en la tarea de detenerlo.

La idea no es una interpretación de sus críticos. En agosto de 2025, la secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Kristi Noem, anunció que el muro fronterizo sería pintado de negro por instrucción del presidente Donald Trump.

La explicación oficial fue sencilla: el color oscuro absorbería más radiación, elevaría la temperatura del metal y haría más difícil que una persona pudiera tocarlo y escalarlo. El jefe de la Patrulla Fronteriza, Mike Banks, agregó una razón práctica: el recubrimiento también ayudaría a proteger el acero contra la corrosión.

Desde agosto de 2025, la imagen dejó de ser únicamente un anuncio. En Santa Teresa, frente a Ciudad Juárez, comenzaron los trabajos de aplicación de pintura negra sobre la barrera, mientras durante 2026 continuaron la construcción y ampliación del sistema fronterizo en distintas regiones.

Conviene precisar que no existe una muralla continua a lo largo de los aproximadamente 3,145 kilómetros de frontera. Hay barreras primarias y secundarias, cercas para vehículos, caminos de vigilancia, iluminación, cámaras, sensores y extensas regiones donde el río, las montañas y el desierto funcionan como obstáculos naturales.

El llamado “muro inteligente” es, en realidad, un sistema que combina acero, tecnología, caminos y patrullaje.

Comprendo el principio físico.

Una superficie negra absorbe una proporción mayor de la radiación que recibe y transforma parte de esa energía en calor. Una superficie clara refleja una cantidad mayor. Es el mismo principio que explica por qué una camisa negra suele calentarse más que una blanca bajo el sol.

Sin embargo, no existe una temperatura única que pueda atribuirse a toda la barrera. El calentamiento dependerá de la radiación solar, la temperatura ambiental, el viento, la humedad, el tipo de acero, el recubrimiento y la hora del día. Sería irresponsable asegurar, sin mediciones específicas, que todo el muro alcanzará determinada temperatura o que inevitablemente ocasionará quemaduras.

Lo documentado es el propósito declarado: aprovechar el calentamiento del acero como un elemento adicional de disuasión.

Y es ahí donde la explicación científica se convierte, inevitablemente, en una pregunta moral:

¿En qué momento el sol, que nace para todos y no reconoce pasaportes ni nacionalidades, terminó reclutado como guardia fronterizo?

Estados Unidos tiene el derecho soberano de vigilar su territorio, establecer controles migratorios y combatir el tráfico de personas, drogas y armas. Negar ese derecho sería tan equivocado como suponer que cualquier persona puede ingresar a otro país sin cumplir ninguna norma.

Pero reconocer la soberanía de una nación no nos obliga a guardar silencio frente a los métodos utilizados para ejercerla.

La discusión sensata no consiste en escoger entre fronteras completamente abiertas y fronteras convertidas en fortalezas. El verdadero desafío es construir una política ordenada, legal y segura que proteja a los países sin despojar de humanidad a las personas.

También sería incorrecto afirmar que los muros no producen ningún efecto. Una barrera alta, acompañada por vigilancia, sensores y patrullaje, puede dificultar el cruce en un punto determinado, retrasarlo, encarecerlo y permitir que los agentes dispongan de más tiempo para interceptar a quien intenta pasar.

Pero modificar una ruta no equivale necesariamente a resolver la migración.

Cuando un paso se cierra, muchas personas buscan otro. Se internan en desiertos más remotos, ascienden montañas, atraviesan canales o se arrojan a ríos donde el riesgo de deshidratación, caída, ahogamiento, abandono o muerte es mucho mayor.

La barrera puede reducir cruces en un sitio y, al mismo tiempo, aumentar el peligro en otro.

En julio de 2026, la Patrulla Fronteriza estadounidense registró 9,295 aprehensiones entre los puertos oficiales de entrada en la frontera suroeste: seis por ciento menos que las 9,855 de junio. La precisión es importante: se trata de aprehensiones realizadas por la Patrulla Fronteriza entre cruces oficiales, no de la cifra más amplia de todos los encuentros procesados por las distintas dependencias de Aduanas y Protección Fronteriza.

Tampoco representa necesariamente a 9,295 personas distintas, porque una misma persona puede ser contabilizada más de una vez si intenta cruzar nuevamente.

La caída frente a los años de mayor presión es extraordinaria. En diciembre de 2023 se registraron 249,785 encuentros de la Patrulla Fronteriza entre los puertos de entrada. Comparados con los 9,295 de julio de 2026, significan una reducción aproximada de 96 por ciento.

Pero la cronología impide entregar todo el mérito al muro negro.

Los cruces comenzaron a descender mucho antes de que los nuevos paneles estuvieran terminados. Entre mayo y diciembre de 2024, las aprehensiones bajaron de alrededor de 117,900 a 47,320, después de las restricciones al asilo adoptadas por el gobierno de Joe Biden y del fortalecimiento de los operativos migratorios mexicanos.

Tras el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la disminución se profundizó debido a un conjunto más amplio de decisiones: mayores controles, suspensión y modificación de mecanismos de ingreso, deportaciones, despliegue de personal, presión sobre México y la percepción de que las probabilidades de entrar o permanecer en Estados Unidos se habían reducido considerablemente.

La dureza de esas políticas ha tenido un efecto disuasorio real. Reconocerlo no significa aprobar todos sus métodos.

Tampoco permite afirmar que la pintura negra sea la causa principal del descenso. Una coincidencia temporal no demuestra causalidad. La propaganda puede presentar cada kilómetro de acero como una victoria; el análisis serio debe distinguir entre el efecto localizado de una barrera, el impacto general de una política migratoria y las causas profundas que empujan a una persona a abandonar su hogar.

Mientras más difícil resulta el paso, mayor puede ser la dependencia de los traficantes que conocen las rutas, controlan territorios y cobran cantidades cada vez más elevadas. El negocio criminal no siempre desaparece cuando se endurece la frontera: muchas veces se vuelve más caro, clandestino, violento y rentable.

También debemos cuidar las palabras.

No es lo mismo una persona en situación migratoria irregular que un solicitante de asilo. Tampoco son equivalentes el tráfico ilícito de migrantes y la trata de personas. El primero generalmente consiste en facilitar un cruce a cambio de dinero; la segunda implica captar y explotar seres humanos mediante violencia, engaño, amenaza o abuso de vulnerabilidad.

Mezclar todas esas realidades bajo una misma etiqueta facilita los discursos políticos, pero empobrece la verdad y convierte a seres humanos distintos en una multitud sin rostro.

La frontera entre México y Estados Unidos ha sido identificada por la Organización Internacional para las Migraciones como la ruta migratoria terrestre más mortífera del mundo. En 2022, ese organismo documentó 686 muertes y desapariciones, aunque la cifra verdadera pudo ser mayor, pues existen cuerpos que nunca son encontrados y familias que jamás saben dónde terminó el viaje de los suyos.

Pienso en esas familias.

Pienso en la madre que sigue dejando encendida una luz junto a la puerta. En el hijo que conserva un último mensaje de voz. En la esposa que no sabe si esperar, llorar o comenzar a despedirse. Para las estadísticas es una persona desaparecida; para quienes la aman es una silla vacía, una llamada que no llega y una pregunta que se repite todas las noches.

El muro también atraviesa ecosistemas que no entienden de política. Sus barrotes pueden fragmentar hábitats, alterar escurrimientos e interrumpir corredores utilizados por especies como el jaguar y el berrendo sonorense. Los animales no llevan documentos migratorios: solamente siguen caminos que sus antepasados recorrieron durante miles de años.

También divide territorios culturales indígenas anteriores al nacimiento de ambos países. Para esas comunidades, la barrera no separa únicamente dos Estados: corta familias, rutas ceremoniales, fuentes de agua y una memoria colectiva que ningún tratado pudo borrar.

México no puede limitarse a observar desde el otro lado.

Nuestro gobierno tiene la obligación de proteger a los mexicanos en tránsito, recibir dignamente a quienes son deportados y evitar que Tijuana, Mexicali, Nogales, Ciudad Juárez, Piedras Negras, Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros carguen solas con las consecuencias de decisiones tomadas en Washington.

También debe combatir a las organizaciones que secuestran, extorsionan y explotan migrantes dentro de nuestro territorio. Defender la dignidad humana no significa alentar cruces irregulares ni encubrir delitos; significa impedir que la desesperación se convierta en mercancía.

Porque la migración no comienza frente al muro.

Comienza cuando una familia descubre que su salario ya no alcanza. Cuando una pandilla cobra derecho de piso. Cuando una cosecha se pierde por la sequía. Cuando una madre esconde a sus hijos durante una balacera. Cuando un joven comprende que permanecer en su pueblo puede ser más peligroso que cruzar un desierto.

Comienza cuando alguien cierra por última vez la puerta de su casa, guarda una fotografía entre la ropa y se marcha sin saber si algún día podrá regresar.

Un muro puede elevarse, pintarse de negro, llenarse de cámaras y hundirse varios metros en la tierra. Lo que no puede hacer es entrar en una comunidad para detener una extorsión, alimentar a una familia, reconstruir una cosecha, apaciguar una guerra o devolverle esperanza a quien ya decidió partir.

Al caer la noche, el acero pierde lentamente el calor acumulado. Los barrotes se confunden con la oscuridad y, durante algunas horas, la frontera parece descansar.

Pero al otro lado quizá permanece aquel padre con la fotografía de sus hijos; aquella madre con el niño dormido sobre el hombro; aquel joven que ya no encontró un lugar seguro al cual regresar.

A la mañana siguiente, el sol volverá a calentar el muro.

Y mientras la violencia, el hambre, la persecución y la desesperanza continúen calentando el corazón de quienes huyen, también habrá seres humanos dispuestos a enfrentarlo.

Porque cuando una frontera necesita convertir al sol en verdugo, quizá el problema no sea solamente quién intenta cruzarla, sino todo lo que la política dejó sin resolver antes de que esa persona llegara hasta el muro