BITÁCORA INQUIETA

 

LA GENERACIÓN QUE APRENDIÓ A DESLIZAR EL DEDO ANTES QUE A DETENERSE A LEER

PISA 2025 retrata una paradoja de nuestro tiempo: nunca habíamos tenido tantas respuestas al alcance de la mano y quizá nunca había sido tan urgente enseñar a detenerse, comprender y pensar.

Jesús Octavio Milán Gil

Durante más de medio siglo frente a un salón de clases he visto cambiar casi todo.

Vi desaparecer lentamente el gis entre los dedos del maestro. Vi llegar las reglas de cálculo, las calculadoras cuando todavía despertaban sospechas. Vi entrar las computadoras a las escuelas como si fueran visitantes del futuro. Después llegó internet, luego el teléfono inteligente y ahora la inteligencia artificial.

Cada nueva tecnología vino acompañada de una promesa.

Aprenderíamos más.

Aprenderíamos mejor.

Aprenderíamos más rápido.

Pero esta mañana, al conocer los nuevos resultados de PISA 2025, publicados por la OCDE, me quedé pensando en una pregunta mucho más sencilla:

¿Y si estamos aprendiendo más rápido, pero comprendiendo menos?

No es una pregunta contra la tecnología.

Sería absurdo.

Es la pregunta de un maestro que ha pasado buena parte de su vida observando lo que ocurre cuando un muchacho se sienta frente a algo que todavía no comprende.

Porque aprender nunca ha consistido solamente en recibir información.

Aprender exige detenerse.

Leer una frase dos veces.

Equivocarse.

Regresar.

Preguntar.

Relacionar una idea con otra.

Descubrir que aquello que parecía sencillo no lo era tanto.

Pensar.

Y justamente esa vieja actividad humana —pensar despacio— parece encontrarse hoy bajo una presión extraordinaria.

PISA 2025 evaluó a más de 760 mil jóvenes de 15 años en 91 países y economías. Representan aproximadamente a 33 millones de estudiantes.

El resultado mundial debería preocuparnos.

El desempeño promedio de los países de la OCDE alcanzó sus niveles más bajos registrados en matemáticas y lectura.

Pero quiero detenerme en México.

Porque las estadísticas internacionales pueden parecer lejanas hasta que uno descubre que están hablando de nuestros hijos, nuestros nietos, nuestros alumnos y nuestras escuelas.

En México, solamente 30 de cada 100 estudiantes de 15 años alcanzaron al menos el nivel básico de competencia matemática.

El promedio de la OCDE fue de 65 de cada 100.

Traducido al lenguaje cotidiano significa algo formidable:

siete de cada diez estudiantes mexicanos evaluados tienen dificultades para alcanzar el nivel que PISA considera mínimo en matemáticas.

No estamos hablando de cálculo diferencial.

Ni de álgebra avanzada.

Estamos hablando de jóvenes capaces de interpretar situaciones matemáticas relativamente sencillas y utilizar conocimientos básicos para resolver problemas de la vida real.

En lectura ocurre algo igualmente inquietante.

Aproximadamente la mitad de los estudiantes mexicanos alcanzó al menos el nivel básico.

La otra mitad no.

En ciencias vuelve a aparecer prácticamente la misma frontera: alrededor del 50%.

Y en las tres áreas México permanece por debajo del promedio de la OCDE.

Entonces aparece una pregunta que México no debería esquivar: ¿PISA 2025 exhibe el fracaso de nuestra escuela? Yo no me atrevería a condenar con una sola prueba internacional a millones de maestros, alumnos y familias, ni a reducir a un puntaje la complejidad de un sistema educativo enorme y desigual. Pero tampoco podemos refugiarnos en esa cautela para no mirar lo evidente. Cuando siete de cada diez jóvenes de 15 años no alcanzan el nivel básico en matemáticas y aproximadamente la mitad tampoco lo consigue en lectura y ciencias, algo profundo está fallando. Podemos discutir el examen, su metodología, sus límites y hasta nuestra posición en la tabla; lo que no podemos discutir eternamente es el aprendizaje que no ocurrió. El verdadero fracaso escolar no consiste en obtener pocos puntos en PISA. Consiste en que un muchacho permanezca años sentado frente a un pizarrón, avance de grado, reciba certificados y llegue a los 15 años sin las herramientas suficientes para comprender un texto, interpretar un problema matemático o razonar científicamente sobre el mundo que lo rodea.

Hay que decir también algo que las cifras requieren para ser interpretadas con justicia.

México ha incorporado durante estos años a más jóvenes a la educación secundaria, incluidos sectores históricamente marginados. La propia OCDE advierte que parte del deterioro aparente debe entenderse dentro de esa ampliación de la cobertura educativa.

Eso importa.

Porque sería intelectualmente deshonesto convertir PISA en un garrote contra maestros, estudiantes o escuelas.

Pero reconocer ese avance tampoco puede servir para ocultar la otra mitad del problema.

Llevar a un joven a la escuela es indispensable.

Conseguir que aprenda dentro de ella es el verdadero desafío.

Y si ampliamos la mirada, aparece una verdad todavía más incómoda: este no es el fracaso educativo de un sexenio, sino el resultado acumulado de un cuarto de siglo. México entró a PISA en el año 2000, al final del gobierno de Ernesto Zedillo, con 422 puntos en lectura. Durante Vicente Fox, las matemáticas pasaron de 385 puntos en 2003 a 406 en 2006; con Felipe Calderón alcanzaron su mejor registro histórico, 419 en 2009, para situarse en 413 en 2012; durante Enrique Peña Nieto quedaron prácticamente estancadas, en 408 puntos en 2015 y 409 en 2018; con Andrés Manuel López Obrador descendieron a 395 en 2022; y la primera evaluación conocida durante la presidencia de Claudia Sheinbaum las coloca ahora en 388 puntos. Pero sería demasiado cómodo repartir culpas según el color de cada gobierno: el muchacho que presenta PISA a los 15 años lleva en la espalda la escuela construida por varios sexenios. PAN, PRI y Morena han gobernado durante estos 25 años y ninguno ha conseguido producir una transformación sostenida del aprendizaje. Cambiaron presidentes, secretarios, reformas educativas, planes de estudio, libros de texto y discursos. Lo que casi no cambió fue nuestra distancia frente a los sistemas educativos que mejor enseñan. PISA no acusa a un presidente: coloca frente al espejo a una generación entera de políticas educativas mexicanas.

Y aquí comienza la parte de PISA 2025 que más me interesa.

Porque detrás de los puntajes aparece una fotografía de la nueva vida intelectual de nuestros jóvenes.

El teléfono está allí.

La inteligencia artificial también.

En México, el 47% de los estudiantes declara utilizar chatbots de inteligencia artificial para ayudarse a aprender al menos una vez por semana.

Cuatro de cada diez los utilizan para hacer una investigación preliminar sobre un tema.

El 34% para resumir un texto que tenían que leer.

Y el 35% para redactar trabajos escolares.

Detengámonos en ese dato.

Uno de cada tres estudiantes mexicanos ya utiliza inteligencia artificial para resumir textos que debía leer.

No estoy seguro de que debamos asustarnos.

Pero sí estoy seguro de que debemos hacernos preguntas.

Porque existe una diferencia enorme entre utilizar una herramienta para comprender mejor un texto y utilizarla para evitar leerlo.

Entre pedirle a una inteligencia artificial que explique una ecuación y pedirle que la resuelva para no tener que pensarla.

Entre utilizar tecnología para ampliar nuestra inteligencia y utilizarla para sustituir el esfuerzo intelectual.

Ahí estará probablemente una de las grandes discusiones educativas de nuestro tiempo.

No será:

¿inteligencia artificial sí o no?

Esa batalla ya terminó.

La inteligencia artificial llegó a las aulas aunque nadie le haya abierto formalmente la puerta.

La verdadera pregunta será:

¿para qué?

Y todavía otra más importante:

¿qué parte del pensamiento humano no debemos delegar?

Durante décadas enseñamos a los estudiantes a buscar información.

Hoy tienen demasiada.

El problema cambió.

Ahora debemos enseñarles a distinguirla.

A desconfiar.

A comparar.

A verificar.

A descubrir una contradicción.

A reconocer cuándo una respuesta aparentemente impecable está equivocada.

A sostener la atención durante más de treinta segundos.

Y, sobre todo, a pensar cuando nadie les entrega inmediatamente la respuesta.

Porque hemos construido un mundo extraordinariamente eficiente para evitar la espera.

Queremos la película sin comerciales.

La comida sin cocinar.

La compra sin salir de casa.

La respuesta sin buscarla.

El resumen sin leer el libro.

Y quizá, sin proponérnoslo, estamos comenzando a querer también:

el conocimiento sin recorrer el camino del conocimiento.

Pero hay caminos que no pueden abreviarse.

Un muchacho puede recibir en tres segundos la respuesta de un problema de química.

Eso no significa que haya aprendido química.

Puede pedir un resumen de El Quijote.

Eso no significa que haya leído a Cervantes.

Puede solicitar una explicación de la fotosíntesis.

Eso no significa que comprenda cómo una planta convierte la luz en energía química.

Puede pedirle a una inteligencia artificial que escriba un ensayo.

Eso tampoco significa que haya aprendido a pensar.

Y entonces regreso mentalmente a aquellos primeros salones donde comencé a enseñar.

No había internet.

No había teléfonos inteligentes.

Mucho menos inteligencia artificial.

Tampoco quiero idealizar aquella escuela.

Teníamos enormes carencias, profesores que dictaban durante horas, memorización excesiva y estudiantes que podían repetir perfectamente una definición sin comprender una sola palabra.

Cada época tiene sus propias maneras de no aprender.

La nuestra acaba de inventar una particularmente sofisticada:

parecer que sabemos porque tenemos acceso instantáneo a aquello que no sabemos.

PISA ofrece otro dato mexicano que me parece revelador.

Solo alrededor del 37% de nuestros estudiantes dice que frecuentemente planea cómo estudiar.

Hay algo profundamente educativo escondido en esa cifra.

Porque aprender no consiste únicamente en tener buenos profesores, buenos libros, computadoras o conexión a internet.

También exige aprender a aprender.

Organizarse.

Persistir.

Reconocer que no se entendió.

Volver a intentarlo.

Pedir ayuda.

Curiosamente, en esto último los jóvenes mexicanos muestran una fortaleza: el 82% afirma recurrir a sus maestros cuando necesita ayuda y el 86% a sus compañeros cuando no comprende algo.

Eso me devuelve cierta esperanza.

Porque significa que, aun rodeados de pantallas, todavía buscan a otro ser humano cuando algo no se entiende.

Quizá ahí permanezca una de las claves de la escuela.

El maestro del futuro no será quien posea toda la información.

Esa batalla también la perdimos hace mucho tiempo.

Ningún profesor puede competir con una máquina capaz de consultar millones de páginas en segundos.

Pero tampoco tiene que hacerlo.

El maestro tiene otra tarea.

Enseñar a formular preguntas.

Enseñar a distinguir una evidencia de una ocurrencia.

Enseñar a soportar la frustración de no entender inmediatamente.

Enseñar a descubrir que una respuesta puede ser correcta y, sin embargo, no haber sido comprendida.

Enseñar algo que ninguna aplicación puede instalar mediante una actualización:

curiosidad.

Y aquí PISA vuelve a ofrecernos una pista.

En México, los estudiantes con mayor curiosidad y perseverancia tienden a obtener mejores resultados en ciencias.

No debería sorprendernos.

He visto esa escena durante décadas.

El alumno que pregunta una vez más.

El que permanece mirando el experimento cuando los demás ya guardaron sus cosas.

El que levanta la mano para decir:

—Maestro, ¿pero por qué?

Ese muchacho quizá no lo sabe todavía, pero acaba de realizar uno de los actos intelectuales más importantes de su vida.

Preguntar por qué.

Por eso me preocupa menos que nuestros estudiantes utilicen inteligencia artificial que la posibilidad de que algún día dejen de sentir la necesidad de preguntar.

Una máquina puede proporcionar millones de respuestas.

Pero ninguna educación digna de ese nombre debería permitir que desaparezca el hambre por encontrarlas.

PISA 2025 no está diciendo que una generación sea menos inteligente.

Sería una conclusión simplista e injusta.

Está diciendo algo más incómodo.

Nuestros sistemas educativos están teniendo dificultades crecientes para convertir los años de escolaridad en capacidades profundas de comprensión, razonamiento y resolución de problemas.

Y México tiene un desafío particularmente severo.

Setenta de cada cien jóvenes evaluados por debajo del nivel básico en matemáticas.

La mitad sin alcanzar el mínimo en lectura.

La mitad sin alcanzarlo en ciencias.

Eso no es solamente un problema de la Secretaría de Educación Pública.

Es un problema nacional.

Porque esos jóvenes serán dentro de pocos años nuestros técnicos, enfermeros, trabajadores, empresarios, maestros, funcionarios, científicos, electores y padres de familia.

Serán quienes tengan que distinguir una noticia verdadera de una mentira.

Interpretar una tasa de interés.

Comprender una receta médica.

Leer un contrato.

Evaluar una propuesta política.

Entender una gráfica.

Decidir si una afirmación tiene evidencia.

Y convivir con inteligencias artificiales muchísimo más poderosas que las actuales.

Durante años nos preocupó la brecha digital.

Quién tenía computadora.

Quién tenía internet.

Quién tenía teléfono.

Esa brecha todavía existe.

Pero otra está naciendo frente a nosotros.

Será quizá más peligrosa.

La brecha entre quienes utilizan la tecnología para pensar mejor y quienes la utilizan para no tener que pensar.

Esa será una de las desigualdades decisivas del siglo XXI.

Y ninguna escuela debería ignorarla.

Después de tantos años entrando y saliendo de salones de clase he llegado a una conclusión que parece demasiado sencilla para aparecer en un informe internacional:

educar sigue siendo enseñar a alguien a pensar cuando todavía no conoce la respuesta.

Las herramientas cambiarán.

El pizarrón cambiará.

Los libros cambiarán.

La inteligencia artificial cambiará.

Probablemente también cambiará la escuela.

Pero hay algo que no podemos permitirnos perder.

Ese instante silencioso en que un muchacho deja de deslizar el dedo sobre una pantalla, levanta los ojos, permanece unos segundos pensando y finalmente pregunta:

—¿Por qué?

Mientras esa pregunta siga viva, la educación tendrá esperanza.

El verdadero fracaso comenzará el día en que tengamos todas las respuestas al alcance de la mano…

y ya no sintamos curiosidad por comprender ninguna.