Lo que al bribón le festejan, al humilde se lo critican
Por: Roberto Montoya Martínez
LO DIJO MONTOYA. En su sección MERCADO DE LÁGRIMAS, presenta un episodio más de A TODOS HIJOS O TODOS ENTENADOS. De la autoría de Johnny Mentero. LA GRANJA VIP, en su necesidad de seguir causando escándalo, provoca el disgusto del respetable al poner de rodillas a una participante, que solo es ruda en el ring, pero que es un pan de dios. Mientras ciertos integrantes vociferan y hasta hacen recordatorios del 10 de mayo, a una luchadora con nombre de heroína de novela la quieren mandar al cadalso. Eso el público lo consideró una tomadura de pelo, y que de manera implacable le retirará el apoyo al programa si no corrige ese error. Cuando la gente castiga, lo hace en serio. Pongan ojo al parche.
La polémica vuelve a encender los ánimos alrededor de La Granja VIP. La posible salida de Pimpii del reality, a raíz de presuntas amenazas dirigidas contra Manelik, ha provocado disgusto entre quienes consideran que, antes de tomar una decisión tan drástica, la producción debe actuar con imparcialidad y evaluar los hechos con el mismo rigor para todos los participantes.
El asunto no es menor. En un programa donde la convivencia, las discusiones y los enfrentamientos forman parte de la dinámica cotidiana, resulta indispensable que las reglas se apliquen sin distinciones. Si una conducta merece una sanción, debe analizarse con seriedad, pero también debe existir congruencia al juzgar los comportamientos de quienes protagonizan las controversias.
Y es precisamente ahí donde surge la inconformidad de algunos espectadores: ¿por qué determinadas expresiones ofensivas parecen tolerarse cuando provienen de ciertos participantes, mientras que a otros se les exige responder por sus palabras con consecuencias mucho más severas?
Mane, Niurka y uno que otro granjero han protagonizado momentos de confrontación en los que las maldiciones y los comentarios subidos de tono forman parte del espectáculo. Sin embargo, cuando el señalamiento recae sobre Pimpii, la posibilidad de una sanción mayor genera la impresión de que no todos están siendo juzgados con el mismo criterio.
La vara debe ser la misma para todos. Esa es la exigencia que comienza a cobrar fuerza entre quienes consideran que los reality shows no pueden convertirse en escenarios donde la popularidad, la trayectoria mediática o la capacidad de generar polémica determinen quién merece comprensión y quién debe cargar con todo el peso de las consecuencias.
Por supuesto, las presuntas amenazas deben tomarse en serio. Ningún participante tiene carta blanca para intimidar a otra persona, y tampoco sería correcto minimizar una conducta potencialmente grave por simpatía hacia quien la protagoniza. Pero precisamente por eso se necesita una evaluación objetiva, basada en lo que realmente ocurrió y no únicamente en las reacciones que el episodio despierta dentro y fuera de la granja.
En el caso de Manelik, su pasado en Acapulco Shore forma parte de su trayectoria televisiva, pero no constituye por sí mismo una prueba de culpabilidad ni una justificación para recibir amenazas. Del mismo modo, tampoco debería convertirse en un argumento para eximirla de las críticas que puedan corresponderle por sus propias actitudes. Una cosa es cuestionar el comportamiento de una figura pública y otra muy distinta es utilizar su historial televisivo para desacreditarla automáticamente.
Lo que sí resulta cuestionable es la aparente doble moral que algunos espectadores perciben en la convivencia. Cuando los insultos provienen de personajes acostumbrados a la controversia, pueden presentarse como parte de su personalidad o como ingredientes del entretenimiento. Pero cuando alguien con un perfil distinto se ve involucrado en un conflicto, la reacción puede adquirir tintes de condena anticipada. ¿Acaso existen participantes intocables y otros que deben pagar un precio más alto por cometer una falta similar?
La producción de La Granja VIP tiene ante sí una oportunidad para demostrar que las normas no dependen de quién tenga más seguidores, más experiencia frente a las cámaras o mayor capacidad para generar titulares. Si se determina que Pimpii incurrió en una conducta sancionable, deberá asumir las consecuencias correspondientes. Si, por el contrario, la decisión se toma de manera desproporcionada o sin considerar el contexto completo, el descontento podría crecer.
Y es aquí donde aparece otra advertencia: el público ya no se chupa el dedo. Los espectadores observan, comparan, comentan y sacan sus propias conclusiones. En una época en la que las redes sociales amplifican cada contradicción, la credibilidad de un programa puede verse afectada cuando sus seguidores perciben que las reglas se aplican selectivamente.
La amenaza de que el público le dé la espalda al programa no debe tomarse a la ligera. Si la audiencia considera que existe una injusticia, puede manifestar su inconformidad y retirar el respaldo que sostiene buena parte del interés comercial y mediático de estos formatos. La expresión popular de que la gente terminará viendo quién es la máscara resume, en este contexto, el deseo de descubrir qué hay detrás de las apariencias y de las simpatías fabricadas por el espectáculo.
Al final, La Granja VIP es entretenimiento, pero eso no significa que sus decisiones estén exentas de cuestionamientos. La convivencia puede producir roces, las discusiones pueden elevar el tono y los participantes pueden cometer errores. Lo que no debería ocurrir es que una misma conducta se interprete de manera distinta dependiendo de quién la protagonice.
La justicia no consiste en proteger a quien nos cae bien ni en castigar a quien nos resulta incómodo. Consiste en escuchar, analizar y aplicar las mismas reglas. Porque, como reza el título de esta reflexión, lo que al bribón le festejan, al humilde se lo critican. Y cuando la audiencia percibe que unos pueden decir sus peores maldiciones sin enfrentar el mismo escrutinio que otros, la polémica deja
de ser solamente un pleito entre granjeros y se convierte en una discusión sobre la congruencia, la equidad y el respeto al público.
La última palabra no la tienen los gritos dentro de la granja ni las campañas de popularidad. La tiene una audiencia que cada día está más atenta, que cuestiona lo que ve y que no está dispuesta a aceptar cualquier decisión sin pedir explicaciones. Porque una cosa es el espectáculo y otra muy distinta es pretender que el público no distingue entre una regla justa y una injusticia disfrazada de entretenimiento.
