Los Polivoces: la dupla que se apagó, pero que jamás se olvidó

 

Por: Roberto Montoya Martínez

Hubo un tiempo, entre los años sesenta y la primera mitad de los setenta, en el que la comedia mexicana tuvo un nombre propio y doble: Enrique Cuenca y Eduardo Manzano, mejor conocidos como Los Polivoces. Juntos construyeron un universo de personajes que retrató a la sociedad mexicana con tal precisión que, medio siglo después, frases como “¡Ahí, madre!”, “¡Geniaaal!” o “A wiwi” siguen resonando en la memoria colectiva.

La pareja cómica nació en 1959, cuando ambos se conocieron en un concurso de imitadores del Canal 4. Manzano, ingeniero electrónico egresado del IPN y admirador de “Ferrusquilla”, el hombre de las mil voces, descubrió en aquel certamen a Cuenca, y entre los dos decidieron que podían hacer juntos lo que ninguno lograba por separado.

El nombre del dúo hacía referencia precisamente a su don: el prefijo griego poli (muchos) y el don de las voces, la capacidad de encarnar a decenas de personajes distintos.

El camino a la fama

Antes de conquistar su propio espacio en pantalla, Los Polivoces tuvieron que tocar muchas puertas. Fue el productor Salvador Varela quien les abrió las primeras, con una participación en Tiempos y Contrastes, seguida de espacios emblemáticos como Sonrisas Colgate —donde curiosamente sus libretos los escribía un joven Roberto Gómez Bolaños, “Chespirito”— y La Farmacia de Televicuento.

Su popularidad creció en la década de los sesenta, cuando además de la televisión incursionaron en la radio, el cine y los discos: llegaron a grabar ocho álbumes para Discos Orfeón —donde destacó la célebre tonada “La Calambrina”— y filmaron 19 películas.

La edad de oro

El gran salto llegó a principios de los años setenta, cuando el dúo obtuvo su propio programa: Los Polivoces se transmitió de 1971 a 1973 por el canal 8 de Televisión Independiente de México, y luego, ya como El Show de los Polivoces, continuó de 1974 a 1976 por el canal 2 de Televisa. Parte de su obra se grabó en blanco y negro y el resto pasó a la época del color.

En pantalla, Cuenca y Manzano desplegaron una galería humana inagotable: Gordolfo Gelatino y su mamá doña Naborita, hilarante parodia del galán de cine; Chano y Chon, los despistados indígenas con sarape de Saltillo; don Laureano y doña Paz; los hermanos Lelos; Mostachón y el Wash & Wear; Acelerino y su papá Pasiflorino, un hijo acelerado frente a un padre de ritmo pausado; Agallón Mafafas y Juan Garrison; Andobas y don Teofilito. Más de treinta personajes que, según los propios cómicos, se convirtieron en “un reflejo de la sociedad mexicana y también de su humor”.

El éxito fue tal que Editorial América lanzó en 1970 una colección de historietas titulada Los Polivoces, Vida y Movidas del Muñecazo de Oro Gordolfo Gelatino, que amplió el universo del dúo más allá de la pantalla.

La separación: el fin de una era

En 1976, en pleno apogeo, el dúo decidió separarse. La razón, contada años después por el propio Manzano, fue la tensión que provocaba su exceso de exigencia en el trabajo; antes de que la amistad se dañara, prefirieron darse un tiempo. Cada uno emprendió entonces su camino: Manzano con El Show de Eduardo Segundo (1976–1981), donde descubrió a Luis de Alba, y Cuenca con Enrique Polivoz (1976–1980), además de un paso posterior por Canal 13 y el regreso a Televisa con A Toda Risa.

Ninguno de los dos volvió a alcanzar la trascendencia de aquellos años compartidos. Los proyectos solitarios tuvieron sus seguidores, pero ninguno logró reunir bajo un mismo nombre la química, el repertorio y la conexión popular que el dueto había construido. Fue quizá la paradoja más conocida del medio: por separado eran buenos; juntos eran irremplazables.

Los Polivoces volvieron a encontrarse en 2000, para grabar unos comerciales de una mueblería, con la ilusión tal vez de planear algo más grande. Pero la historia no se lo permitió: el 29 de diciembre de ese año, Enrique Cuenca falleció a consecuencia de una insuficiencia renal. Manzano, que lo quiso “como a un hermano”, estuvo a su lado en su lecho de muerte.

Manzano, por su parte, encontró en 2007 una segunda vida televisiva como el inolvidable abuelo Arnoldo López Conejo en Una familia de diez, personaje que lo acompañó 18 años y 13 temporadas, hasta su propia muerte el 4 de diciembre de 2025.

Los programas terminaron, el dúo se disolvió y el tiempo se llevó a sus protagonistas. Pero Gordolfo Gelatino sigue peinándose, Chano y Chon siguen despistados y doña Naborita sigue vendiendo gelatinas en algún rincón de la memoria nacional. Porque Los Polivoces no fueron solo un programa de televisión: fueron, durante más de una década, la voz —muchas voces— de México riéndose de sí mismo.