BITÁCORA INQUIETA
LA DEMOCRACIA QUE SE NOS FUE DE LAS MANOS
Cuando el pueblo deja de creer, el poder empieza a deformarse
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Dicen que las democracias no mueren de un golpe.
No caen con el estruendo de los tanques ni con el humo espeso de los fusiles.
Mueren, más bien, como mueren las casas abandonadas: primero se agrietan en silencio, luego se llenan de polvo, y un día cualquiera alguien descubre que ya nadie vive ahí.
Así está hoy el mundo.
Y así, cada vez más, empieza a estar México.
Un país donde votar sigue siendo un acto posible, pero creer empieza a ser un acto difícil.
Porque lo que estamos viendo —guerras que se multiplican, alianzas que se deshacen, sociedades que se polarizan— no es un accidente de la historia.
Tampoco es, como se repite con comodidad, una simple consecuencia de líderes autoritarios.
Es algo más profundo.
Más incómodo.
Más cercano.
La política no nace en los palacios.
Nace en la calle.
En la mesa vacía.
En el salario que no alcanza.
En la promesa que no se cumplió.
Y ahí —en ese territorio invisible donde se acumulan los agravios cotidianos— es donde comenzó a fracturarse la democracia.
Durante años, nos dijeron que la estabilidad estaba garantizada. Que las instituciones resistían. Que el progreso, aunque lento, era inevitable.
Pero la realidad —esa que no cabe en los discursos— empezó a contar otra historia.
Una historia de desigualdad creciente.
De movilidad social estancada.
De jóvenes que estudian más, pero viven peor.
En México, esa historia tiene cifras que duelen: millones de trabajadores en la informalidad, generaciones enteras atrapadas entre la precariedad y la incertidumbre, y un sistema educativo donde siete de cada diez escuelas carecen de acceso efectivo a internet.
No es un dato.
Es una condena.
Porque ahí, en esas aulas desconectadas, no solo se pierde conocimiento:
se pierde futuro.
Y cuando el futuro se vuelve incierto, la democracia empieza a perder sentido.
Los datos globales lo confirman con frialdad quirúrgica:
apenas el 39% de los ciudadanos confía en su gobierno.
Un 59% está insatisfecho con la democracia.
Y solo el 23% de quienes apoyan opciones populistas lo hacen por convicción ideológica.
El resto no busca una doctrina.
Busca un cambio.
Busca ser escuchado.
Busca que alguien —por fin— responda.
Ahí está el verdadero quiebre de nuestro tiempo.
No en la ideología.
Sino en la confianza.
Porque cuando las instituciones dejan de ofrecer un camino creíble hacia una vida mejor, la gente deja de preguntarse si las ideas son correctas…
y empieza a preguntarse si alguien está escuchando.
Y cuando la respuesta es no, la democracia deja de ser una esperanza y se convierte en una rutina.
En un trámite.
En un cascarón.
Durante décadas, permitimos —con una mezcla peligrosa de indiferencia y soberbia— que las desigualdades crecieran como grietas en el suelo. Se normalizó el esfuerzo sin recompensa. Se volvió aceptable que millones trabajaran más y vivieran peor.
Y se creyó, erróneamente, que la estabilidad institucional bastaba para sostenerlo todo.
Pero ningún sistema resiste cuando la realidad lo desmiente todos los días.
Hoy no estamos ante un rechazo masivo de la democracia como ideal.
Estamos ante algo más grave:
una pérdida lenta, persistente y silenciosa de fe en que la democracia funcione.
Y cuando eso ocurre, el autoritarismo no llega como enemigo.
Llega como respuesta.
Como promesa de orden.
Como atajo.
Pero es un atajo que siempre cobra factura.
Porque sacrifica libertades a cambio de certezas que rara vez cumple.
El problema —conviene decirlo con claridad— no se resolverá con discursos, ni con reformas cosméticas, ni con nuevas narrativas bien diseñadas.
Se resolverá —o no— en la vida concreta de la gente.
En si la democracia vuelve a ser capaz de mejorar la vida cotidiana.
En si ofrece movilidad real.
Oportunidades reales.
Dignidad real.
La pregunta es brutalmente simple:
¿la democracia está funcionando para la mayoría o no?
Si la respuesta es no —y en demasiados casos lo es—, entonces todo lo demás es retórica.
La reconstrucción exige rehacer el contrato social.
Construir economías que no solo crezcan, sino que incluyan.
Sistemas educativos que no solo enseñen, sino que abran caminos reales.
Instituciones que no solo administren, sino que escuchen.
Y líderes —sobre todo líderes— que digan la verdad.
Incluso cuando incomode.
Incluso cuando cueste.
Porque el mayor fracaso de nuestro tiempo no ha sido la aparición de líderes autoritarios.
Ha sido la incapacidad de las democracias para responder a tiempo.
El desafío es generacional.
Hoy, uno de cada cinco jóvenes aceptaría un gobierno autoritario bajo ciertas condiciones. No porque lo desee, sino porque no encuentra alternativas que funcionen.
Eso no es una anécdota.
Es una advertencia.
La democracia no se pierde de un día para otro.
Se desgasta.
Se vacía.
Se vuelve irrelevante.
Y cuando finalmente se intenta recuperar, ya no basta con nombrarla.
Hay que reconstruirla.
Sin nostalgia.
Porque la nostalgia —como bien se ha dicho— no es una estrategia.
El futuro no llegará como promesa.
Tendrá que construirse.
Desde abajo.
Desde la gente.
Desde esa voluntad silenciosa de quienes se niegan a aceptar que esto es lo único posible.
Porque al final —y esto conviene decirlo sin rodeos—
la democracia no se pierde cuando la destruyen…
se pierde cuando la gente deja de creer que la necesita.
Nos leemos en la siguiente columna.
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