BITÁCORA INQUIETA

 

CARTA A LA GENERACIÓN QUE FUIMOS

Memoria, tiempo y destino de los muchachos de Costa Rica, Sinaloa

JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL

Generación:

Les escribo desde el otro lado del tiempo.

No desde la nostalgia —porque la nostalgia suele mentir— sino desde esa extraña claridad que llega cuando uno ya ha caminado lo suficiente como para mirar hacia atrás sin miedo.

Nos tocó nacer en otro mundo.

Un mundo que hoy parece remoto, como si perteneciera a una época que la historia dejó guardada en un cajón de madera junto a las fotografías amarillentas de las familias.

Nacimos —muchos de nosotros— en la década de 1950, cuando Costa Rica, Sinaloa, todavía respiraba al ritmo pausado de los pueblos donde todo parecía conocerse: las calles, los apellidos, los árboles, las campanas de la iglesia y hasta los silencios.

El mundo era más pequeño entonces.

Pero también era más cercano.

Las calles eran de tierra o de piedra.

Las bicicletas eran libertad.

Los trenes todavía silbaban como si anunciaran el paso de la historia por el valle.

El Cine Évora, el Cine Eugenia, los bailes, las bandas, las serenatas, las pandillas de amigos que caminaban sin miedo por las noches.

No sabíamos que estábamos viviendo algo que un día se llamaría memoria colectiva.

Para nosotros simplemente era la vida.

La generación que creció antes de que el mundo se acelerara

Nos tocó una época singular.

Fuimos niños cuando México todavía creía en el futuro con una inocencia casi absoluta.

La escuela pública era un templo laico donde los maestros enseñaban no solo matemáticas o historia, sino algo más profundo:
la idea de que el conocimiento podía cambiar la vida de un país.

En nuestras casas no había internet, ni teléfonos inteligentes, ni algoritmos que respondieran cualquier pregunta en segundos.

Había algo más lento y más poderoso, las conversaciones.

Las sobremesas largas.

Las historias de los abuelos.

Los consejos de los padres.

Los maestros que enseñaban a pensar antes de hablar.

Crecer en aquel tiempo era aprender a mirar el mundo con paciencia.

Fuimos la generación del tránsito

Nuestra generación vivió algo extraordinario, el paso entre dos épocas de la humanidad.

Nacimos en un mundo analógico
y hemos llegado a vivir en un mundo digital.

Fuimos niños cuando la televisión era un acontecimiento.

Jóvenes cuando el país cambiaba de rostro.

Adultos cuando llegaron las computadoras.

Y ahora observamos cómo una inteligencia artificial conversa con el planeta entero.

En una sola vida hemos visto transformaciones que antes tardaban siglos.

La historia aceleró su paso frente a nosotros.

Pero hay algo que no cambió

A pesar de todo —de la tecnología, de la política, de las crisis y de los entusiasmos— hay algo que sigue siendo exactamente igual.

La importancia de las personas que caminan con nosotros.

Con los años uno descubre que lo verdaderamente valioso no son los triunfos que aparecen en los periódicos.

Son cosas mucho más sencillas:

La familia.

Los amigos que siguen apareciendo en la memoria.

Las calles del pueblo donde aprendimos a ser quienes somos.

Los nombres que ya no están pero que siguen habitando nuestras conversaciones.

Cada generación construye su historia.

Pero también hereda la de las anteriores.
Y nosotros fuimos —quizá sin saberlo— una generación puente.

Lo que aprendimos con el paso del tiempo

Con los años uno descubre algunas verdades sencillas.

Que la vida no es una línea recta.

Que el tiempo no destruye todo, también florece en forma de memoria.

Que los sueños cambian, pero no desaparecen.

Aprendimos que las derrotas enseñan tanto como los triunfos.

Aprendimos que pensar por uno mismo es una forma de libertad.

Y aprendimos algo que la juventud tarda en comprender, el tiempo es el gran maestro de la vida.

Mirar hacia atrás no es retroceder

Hoy, cuando recordamos aquellas calles, aquellas escuelas, aquellos bailes o aquellos cines que marcaron nuestra juventud, no lo hacemos para quedarnos atrapados en el pasado.

Lo hacemos para entender el camino recorrido.

Porque cada generación necesita saber de dónde viene para comprender hacia dónde puede ir.

Y nosotros venimos de un tiempo en que la vida tenía menos ruido, pero quizá más conversación.

Menos velocidad, pero más encuentros.

La generación que todavía camina

La historia suele hablar de generaciones como si fueran capítulos cerrados.

Pero la verdad es otra.

Las generaciones no desaparecen.

Se transforman.

Se vuelven memoria viva.

Se vuelven experiencia.

Se vuelven mirada crítica frente al mundo que sigue cambiando.

Nosotros somos esa generación que vio transformarse el país, la tecnología, la política y la cultura.

Pero todavía seguimos aquí.

Caminando.

Observando.

Pensando.

Contando historias.

Y quizá lo más curioso de todo sea esto:

Aquellos muchachos que corrían por las calles de Costa Rica, Sinaloa, creyendo que la vida apenas comenzaba…
todavía viven dentro de nosotros.

Aparecen cuando escuchamos una canción antigua.

Cuando recordamos un nombre.

Cuando el viento trae el olor de un tiempo que parecía perdido.

Entonces entendemos algo que solo el paso de los años permite comprender:

la juventud no se va.

Simplemente aprende a vivir dentro de la memoria.

Nos leemos en la siguiente columna.
.