BITÁCORA INQUIETA
EL PAÍS QUE EXPORTA RÉCORD… Y NO SE POSEE DEL TODO
México vende más que nunca al mundo, pero la pregunta incómoda no es cuánto exporta… sino cuánto le pertenece de lo que exporta
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Hay noches en las que la frontera no duerme, y no duerme porque el país entero parece haberse convertido en un mecanismo que respira hacia afuera: tráileres que avanzan como si obedecieran a una coreografía invisible, contenedores que cruzan sin pausa, pantallas, autopartes, computadoras y cables que llevan inscrito un destino ajeno desde antes de ser ensamblados, como si México fuera ese punto exacto donde el mundo se arma para después marcharse. Y en ese ir y venir de mercancías hay una cifra que lo resume todo: en marzo de 2026, el país exportó 70,727 millones de dólares —más de un billón de pesos en apenas treinta días—, el nivel más alto del que se tenga registro reciente, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, con un crecimiento anual de 27.7%, es decir, casi un tercio más de lo que había vendido un año antes, como si de pronto la economía hubiera aprendido a correr sin haber terminado de entender hacia dónde.
Pero no todas las cifras dicen lo mismo. Algunas celebran. Otras desnudan.
Porque detrás de ese récord hay una arquitectura que no se ve en los titulares: nueve de cada diez dólares exportados provienen de manufacturas —64,722 millones en ese mismo mes—, dominadas por electrónicos y equipo eléctrico, que no nacen del todo aquí sino que se terminan aquí, como si el país fuera un ensamblador paciente de decisiones tomadas en otra parte. Y es ahí donde el dato deja de ser triunfo y se vuelve pregunta: ¿cuánto de lo que México exporta es realmente suyo? Porque al mismo tiempo que vende más, también compra más: las importaciones de bienes intermedios crecieron 27.2%, de acuerdo con el Banco de México, lo que en términos simples significa que cada producto que sale lleva dentro piezas que llegaron antes desde otros países, como si la riqueza tuviera que pedir permiso para existir.
El saldo comercial —5,932 millones de dólares a favor— podría leerse como señal de fortaleza, una especie de respiro contable que indica que se vende más de lo que se compra, pero incluso ese número tiene su propio silencio: no dice cuánto de ese valor se queda en México, ni quién lo captura, ni bajo qué condiciones se produce. Y si uno mira con más cuidado, aparece el dato incómodo que no suele ocupar titulares: alrededor de ocho de cada diez dólares exportados tienen como destino Estados Unidos, según series consolidadas del propio Banco de México, lo que convierte al país en una economía profundamente integrada… y profundamente concentrada, como un negocio que ha crecido tanto que ya no puede darse el lujo de perder a su único gran cliente.
La historia, por supuesto, no empezó ayer. Desde 2018, México ha ido escalando posiciones hasta consolidarse entre los diez mayores exportadores del mundo, de acuerdo con la World Trade Organization, superando en años recientes los 600 mil millones de dólares anuales en ventas al exterior, impulsado por la reorganización global de las cadenas productivas y por ese fenómeno que hoy se pronuncia como si fuera una promesa —nearshoring— pero que en el fondo no es otra cosa que la reubicación del mismo poder productivo en geografías más convenientes. México se volvió conveniente. Estratégico. Necesario.
Pero ser necesario no es lo mismo que ser dueño.
Porque mientras el país exporta manufacturas, importa buena parte de la energía que consume; exporta petróleo crudo, pero compra gasolina refinada, como quien vende la materia prima y después adquiere el producto terminado a mayor precio, aceptando en silencio que el verdadero valor ocurre en otro lugar. Y así, entre récords y dependencias, la economía mexicana ha construido una eficiencia indiscutible para producir… pero no necesariamente para decidir.
México funciona.
Pero no se posee del todo.
Y en esa frase cabe la contradicción completa: un país que ha aprendido a insertarse con éxito en el comercio global, que ha convertido su geografía en ventaja y su mano de obra en precisión, pero que todavía no controla plenamente el diseño, la tecnología ni el destino de lo que produce. Un país que exporta volumen… sin garantizar poder.
La pregunta, entonces, ya no es si México puede seguir exportando más. Todo indica que sí. La pregunta es si puede quedarse con una mayor parte del valor que genera, si puede diversificar sus mercados sin romper su integración, si puede transformar su papel de ensamblador en el de creador.
Porque un país puede romper récords…
y al mismo tiempo no romper su estructura.
Colofón
México vende más que nunca.
Pero mientras no controle lo que produce, cómo lo produce y para quién lo produce, no estará exportando riqueza…
estará exportando dependencia.
