BITÁCORA INQUIETA
LA REBELIÓN QUE NO TERMINA
Ayer, hoy y mañana de la CNTE: la larga marcha de un movimiento que desafió al poder y terminó desafiando al país entero
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Hay días en que una escuela parece resumir a todo un país.
Un salón vacío.
Un pupitre sin alumno.
Un pizarrón sin maestro.
Una puerta cerrada.
Y, a cientos de kilómetros de distancia, una marcha avanzando entre consignas, mantas y demandas.
Entonces surge una pregunta incómoda:
¿Quién perdió más ese día?
¿El gobierno?
¿Los maestros?
¿Los padres de familia?
¿O los estudiantes que no estuvieron frente a su maestro?
La historia de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, la CNTE, no puede entenderse únicamente como una sucesión de protestas, plantones y negociaciones.
Es algo más profundo.
Es la historia de una rebelión que nació para democratizar el poder sindical y que, casi medio siglo después, sigue obligando a México a debatir sobre educación, justicia laboral y democracia.
Pero también es la historia de una pregunta que aún no encuentra respuesta:
¿Cómo defender los derechos de los maestros sin sacrificar el derecho de los niños a aprender?
La CNTE nació en 1979.
México era otro país.
El sistema político funcionaba bajo las reglas de un partido prácticamente hegemónico.
Los sindicatos formaban parte de una compleja estructura corporativa donde la lealtad política y el control institucional caminaban de la mano.
En ese contexto surgió la Coordinadora.
No como un sindicato nuevo, sino como un movimiento de resistencia dentro del propio magisterio.
Miles de maestros, especialmente en Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Michoacán, comenzaron a cuestionar la falta de democracia sindical, el control centralizado de las decisiones y la distancia creciente entre las dirigencias y las bases.
La CNTE nació porque muchos docentes sintieron que nadie hablaba realmente por ellos.
Su bandera original era sencilla y poderosa:
Democratizar la representación de los trabajadores de la educación.
Durante décadas construyó una identidad basada en la movilización social.
Marchas.
Paros.
Plantones.
Resistencia.
Mientras otros sectores sindicales se acomodaban dentro de las estructuras institucionales, la CNTE eligió mantenerse como una fuerza incómoda para los gobiernos.
De derecha.
De izquierda.
Del centro.
Para todos.
Esa capacidad de sobrevivir a distintos sexenios explica por qué, cuarenta y siete años después, continúa siendo uno de los movimientos sociales más influyentes del país.
Pero el tiempo modifica a todas las organizaciones.
Incluso a las que nacieron para desafiarlo.
Hoy la CNTE sigue movilizando a decenas de miles de maestros y mantiene una enorme capacidad de presión política.
Actualmente, la CNTE concentra sus principales exigencias en la abrogación de la Ley del ISSSTE de 2007, al considerar que sustituyó el sistema solidario de pensiones por cuentas individuales administradas por las Afores, reduciendo las expectativas de jubilación de miles de trabajadores. También demanda la desaparición de los mecanismos de evaluación y promoción asociados a la USICAMM, un incremento sustancial al salario base y la recuperación de derechos laborales que considera debilitados por diversas reformas educativas. Para la Coordinadora, el problema no es únicamente salarial: sostiene que el modelo actual obliga a muchos maestros a trabajar más años para retirarse con menores ingresos y menor certidumbre sobre su futuro.
Sus demandas actuales giran alrededor de temas legítimos y sensibles:
Pensiones.
Jubilaciones.
Condiciones laborales.
Incrementos salariales.
Derechos adquiridos.
La discusión no es menor.
México enfrenta un desafío creciente para financiar sistemas pensionarios cada vez más costosos mientras intenta mantener la viabilidad de las finanzas públicas.
Los maestros tienen razones para exigir certidumbre sobre su futuro.
Y el Estado tiene la obligación de garantizarla.
Sin embargo, la discusión se vuelve más compleja cuando las formas de protesta afectan a millones de ciudadanos.
Bloqueos carreteros.
Toma de instalaciones.
Suspensión de actividades escolares.
Parálisis de servicios.
Es ahí donde aparece el gran dilema democrático.
Porque el derecho a protestar es fundamental.
Pero también lo es el derecho de terceros a trabajar, circular, estudiar y desarrollar su vida cotidiana.
Las democracias modernas no eliminan los conflictos.
Intentan equilibrarlos.
Y ese equilibrio rara vez resulta sencillo.
La CNTE entiende algo que pocos movimientos sociales ignoran:
la visibilidad es poder.
Por eso resulta significativo que algunas de sus movilizaciones coincidan con la proximidad de la Copa Mundial de la FIFA 2026.
Cuando el mundo dirige sus cámaras hacia un país, cualquier protesta adquiere una resonancia internacional extraordinaria.
Los gobiernos lo saben.
Los movimientos sociales también.
La lógica es sencilla.
Si durante años nadie escucha una demanda, el reflector global puede convertirse en un amplificador imposible de ignorar.
No resulta casual que dirigentes de la CNTE hayan anunciado movilizaciones para coincidir con la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA 2026. La organización busca aprovechar la atención internacional concentrada en México para visibilizar sus demandas y presionar a las autoridades mediante marchas, concentraciones y actos públicos. La apuesta es clara: convertir un evento deportivo seguido por miles de millones de personas en una plataforma de resonancia global para un conflicto que, desde su perspectiva, permanece sin solución después de décadas de negociaciones inconclusas.
Pero esa estrategia también tiene riesgos.
Porque una protesta internacionalizada puede atraer atención mundial.
Y también puede generar rechazo social si la ciudadanía percibe que la presión termina afectando más a los ciudadanos que a los responsables de resolver el conflicto.
La batalla por la opinión pública siempre ha sido una de las dimensiones más importantes de cualquier movimiento social.
Y la CNTE no es la excepción.
Sin embargo, el verdadero desafío de la Coordinadora no está en las próximas semanas.
Está en las próximas décadas.
Las nuevas generaciones de maestros crecieron en un país distinto al de 1979.
La educación digital, la inteligencia artificial, las plataformas tecnológicas y las nuevas formas de organización social están transformando la manera de enseñar y aprender.
Los liderazgos tradicionales ya no poseen el mismo monopolio de influencia que tuvieron en el pasado.
La pregunta inevitable es si la CNTE será capaz de reinventarse sin perder su esencia.
Porque toda organización enfrenta un momento decisivo:
adaptarse o convertirse en un recuerdo.
Y existe otra pregunta todavía más profunda.
Una pregunta que trasciende a la CNTE misma.
La Coordinadora nació para combatir estructuras que consideraba autoritarias.
Para cuestionar dirigencias alejadas de las bases.
Para exigir representación auténtica.
Pero el paso del tiempo coloca a toda organización frente al mismo espejo.
¿Cómo evitar convertirse en aquello contra lo que se luchó?
Es una pregunta incómoda.
Para los gobiernos.
Para los partidos.
Para los sindicatos.
Y también para la propia CNTE.
Quizá por eso la discusión sobre el magisterio mexicano sigue siendo tan intensa.
Porque en realidad no estamos debatiendo únicamente salarios, pensiones o contratos colectivos.
Estamos discutiendo algo más importante.
El futuro de la educación.
La calidad de nuestras instituciones.
La forma en que una democracia procesa sus conflictos.
Y la capacidad de una nación para construir acuerdos duraderos.
Tal vez la verdadera historia de la CNTE no se encuentre en los plantones ni en las mesas de negociación.
Tampoco en los discursos oficiales o en las consignas de las marchas.
Quizá se encuentre en millones de niños que han pasado por las aulas mexicanas durante los últimos cuarenta y siete años.
Porque los presidentes cambian.
Los gobernadores cambian.
Los dirigentes sindicales cambian.
Las consignas cambian.
Pero la educación permanece.
Y al final de cada paro, de cada reforma, de cada movilización y de cada negociación, la misma pregunta sigue esperando respuesta frente al pizarrón:
¿Estamos formando ciudadanos para el futuro o seguimos repitiendo las batallas del pasado?
Porque la historia de la CNTE aún no termina.
Y como ocurre con todas las historias que sobreviven medio siglo, la pregunta ya no es cómo comenzaron.
La pregunta es qué serán capaces de dejar cuando el tiempo escriba su última página.
Porque los mundiales duran unas cuantas semanas. Los problemas que dan origen a las protestas suelen durar décadas. Y mientras el balón rueda sobre la cancha, la verdadera pregunta seguirá fuera de ella: si México será capaz de resolver sus conflictos mediante acuerdos duraderos o si continuará esperando que cada gran evento internacional recuerde aquello que durante años no ha podido resolver por sí mismo.
