BITÁCORA INQUIETA
EL MUNDIAL QUE LLEGÓ ENTRE PROTESTAS
¿Fiesta global o escaparate de las fracturas mexicanas?
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Hay acontecimientos que un país prepara durante años.
Y hay acontecimientos que terminan revelando, en apenas unas semanas, todo aquello que el poder intentó ocultar durante años.
La Copa Mundial de la FIFA 2026 pertenece a esa categoría.
El balón todavía no rueda oficialmente y México ya enfrenta una realidad incómoda: la conversación pública no gira alrededor del futbol.
No se habla de tácticas.
No se habla de figuras internacionales.
No se habla de candidatos al título.
Se habla de protestas.
De bloqueos.
De inconformidad social.
De precios inaccesibles.
De obras cuestionadas.
De conflictos que permanecen sin resolver.
La FIFA imaginó una fiesta global.
La realidad amenaza con convertirla en un enorme espejo.
Y los espejos tienen una característica incómoda: reflejan lo que existe, no lo que deseamos ver.
La vigésima tercera edición de la Copa Mundial será histórica por varias razones.
Será la primera organizada conjuntamente por tres países: México, Estados Unidos y Canadá.
Será la primera con 48 selecciones nacionales.
Será la primera con 104 partidos.
Y será, probablemente, la más compleja desde el punto de vista logístico y político.
México recibió apenas 13 encuentros de los 104 programados.
Cinco en el Estadio Azteca.
Cuatro en Guadalajara.
Cuatro en Monterrey.
La distribución no es casual.
Tampoco es un secreto que la mayor parte de la infraestructura, la inversión privada y la derrama económica se concentrarán en territorio estadounidense.
Pero incluso dentro de ese papel secundario, México llega al torneo enfrentando problemas que resultan difíciles de ignorar.
La capital del país debía presentarse ante el mundo como una metrópoli moderna, eficiente y preparada.
Sin embargo, gran parte de la discusión pública gira alrededor del transporte, la movilidad, las obras inconclusas, la saturación urbana y la capacidad real de la ciudad para absorber la presión de un evento global.
No es la imagen que un país desea proyectar cuando recibe a millones de visitantes y concentra la atención de miles de millones de espectadores.
A ello se suma otro factor.
El malestar social.
La CNTE.
Los productores agrícolas.
Los jubilados.
Las madres buscadoras.
Los transportistas.
Diversos grupos han encontrado en el Mundial una oportunidad única para colocar sus demandas bajo los reflectores internacionales.
La lógica es sencilla.
Cuando el mundo observa, los gobiernos escuchan con mayor atención.
O al menos deberían hacerlo.
La situación coloca a la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum frente a una prueba particularmente delicada.
No porque el Mundial determine por sí mismo el futuro político del país.
Eso sería una exageración.
Pero sí porque los grandes eventos suelen amplificar percepciones que ya existían.
Los Juegos Olímpicos de 1968 no provocaron el conflicto político mexicano.
Lo exhibieron.
La Copa del Mundo de Argentina en 1978 no creó las tensiones del régimen militar.
Las ocultó temporalmente.
Y el Mundial de 2026 tampoco creará los problemas de gobernabilidad, seguridad, infraestructura o representación social que hoy existen.
Simplemente los hará más visibles.
La pregunta relevante no es si habrá protestas.
La pregunta es qué tan preparado está el gobierno para administrarlas sin deteriorar la imagen del país.
Porque gobernar no consiste únicamente en inaugurar obras.
Gobernar implica procesar conflictos.
Resolver diferencias.
Construir acuerdos.
Mantener estabilidad.
Y precisamente ahí se encuentra uno de los mayores desafíos del México contemporáneo.
La gobernabilidad.
Durante años, Morena construyó buena parte de su fortaleza política sobre la unidad alrededor de un liderazgo dominante.
La historia política mexicana demuestra que los movimientos suelen enfrentar sus mayores riesgos no por ataques externos, sino por tensiones internas.
Le ocurrió al PRI.
Le ocurrió al PAN.
Le ocurrió al PRD.
Y ningún partido está vacunado contra ese fenómeno.
Las disputas por espacios de poder, las diferencias estratégicas y las rivalidades personales terminan convirtiéndose, con frecuencia, en los factores que erosionan proyectos aparentemente invencibles.
Por ello, más que preguntarse si la oposición será capaz de derrotar a Morena, quizá convenga observar si Morena será capaz de administrar sus propias contradicciones.
La historia sugiere que ese suele ser el verdadero desafío.
Mientras tanto, el Mundial comenzará.
Los estadios se llenarán.
Las cámaras transmitirán imágenes espectaculares.
Los patrocinadores contarán ganancias.
La FIFA volverá a confirmar que el futbol es el negocio deportivo más rentable del planeta.
Pero detrás de los goles y las ceremonias permanecerá una pregunta más profunda.
¿Qué vio realmente el mundo cuando observó a México?
¿Una nación moderna, organizada y segura de sí misma?
¿O un país que todavía intenta resolver conflictos que llevan décadas acumulándose?
La respuesta no la darán los comentaristas deportivos.
La dará la realidad.
Y la realidad, como el marcador de un partido importante, siempre termina apareciendo en la pantalla.
Aunque algunos preferirían no verla.
