BITÁCORA INQUIETA
SE ME FUE LA JUVENTUD SIN DARME CUENTA
La extraña velocidad con la que la vida se convierte en memoria
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Se me fue la juventud sin darme cuenta.
Y hoy cumplí setenta y cuatro años.
Lo escribo y todavía me parece extraño.
Setenta y cuatro años.
Cuando era niño, esa edad pertenecía a otra especie humana. Los hombres de setenta y cuatro años eran los ancianos que uno veía sentados bajo la sombra de los árboles contando historias de un mundo desaparecido. Parecían habitantes de un tiempo remoto, viajeros que habían cruzado demasiadas estaciones para seguir perteneciendo al presente.
Nunca imaginé que un día sería uno de ellos.
Porque la verdad es que nadie siente que envejece.
La vejez no llega de golpe.
No toca la puerta.
No envía una carta.
No anuncia su llegada.
Simplemente aparece una mañana cualquiera mientras uno sigue creyendo que tiene la misma edad de siempre.
La infancia, en cambio, parecía eterna.
Un verano duraba una vida completa.
La Navidad tardaba siglos en regresar.
Las vacaciones parecían un continente sin fronteras.
Los cumpleaños avanzaban con la lentitud de los relojes viejos.
Entonces ocurrió algo.
Algo que nadie nos explicó.
Los años comenzaron a correr.
Primero despacio.
Luego más rápido.
Después a una velocidad imposible.
Y cuando quisimos entender qué estaba pasando, los calendarios se habían convertido en hojas arrancadas por el viento.
Los científicos tienen una explicación para este fenómeno.
La psicología cognitiva sostiene que el cerebro percibe el tiempo de manera distinta conforme envejecemos. Cada año nuevo representa una proporción cada vez menor de toda nuestra experiencia acumulada. Para un niño de diez años, un año equivale al diez por ciento de su vida. Para un hombre de setenta y cuatro, representa apenas una pequeña fracción de una historia mucho más extensa.
Quizá por eso el tiempo parece acelerar.
O quizá porque la memoria se vuelve más pesada.
Tal vez ambas cosas.
Lo cierto es que un día descubrimos que la juventud se fue sin despedirse.
Se fue mientras trabajábamos.
Se fue mientras pagábamos cuentas.
Se fue mientras perseguíamos metas.
Se fue mientras resolvíamos urgencias que parecían fundamentales y que hoy apenas recordamos.
La juventud no se fue en una sola noche.
Se fue en pequeñas despedidas que nunca vimos ocurrir.
Se fue el día que dejamos de correr para caminar.
Se fue el día que nuestros hijos comenzaron a tomar decisiones sin pedirnos consejo.
Se fue el día que nuestros padres empezaron a parecer frágiles.
Se fue el día que los cumpleaños dejaron de ser una celebración del futuro para convertirse en una conversación con la memoria.
Y se fue, sobre todo, cuando comenzamos a despedir amigos.
Porque hay un momento en la vida en que los nombres dejan de acumularse y empiezan a faltar.
Las sillas vacías comienzan a multiplicarse.
Los teléfonos dejan de sonar.
Las fotografías se convierten en refugios. Hay una edad en que uno deja de mirar las fotografías para recordar a quienes se fueron. Empieza a mirarlas para encontrarse a sí mismo. De pronto aparece aquel muchacho de cabello oscuro que creía tener todo el tiempo del mundo. Y uno quisiera advertirle tantas cosas. Decirle que abrace más. Que ame más. Que perdone más. Que no espere ocasiones especiales para ser feliz. Pero la fotografía permanece en silencio. Y el muchacho sigue caminando hacia el futuro sin saber que nosotros lo estamos observando desde el otro extremo del camino.
Y uno descubre que está sobreviviendo a personas que siempre creyó eternas.
Esa es una de las lecciones más duras de la edad.
Comprender que la inmortalidad nunca fue una promesa.
Era solamente una ilusión de la juventud.
Sin embargo, hay algo profundamente injusto en la manera en que nuestra época observa la vejez.
Vivimos en una civilización obsesionada con la juventud.
La publicidad vende cuerpos sin arrugas.
Las redes sociales glorifican la apariencia.
La industria cosmética mueve miles de millones de dólares prometiendo detener lo inevitable.
Pareciera que envejecer es una enfermedad.
Como si cada cana fuera un fracaso.
Como si cada arruga representara una derrota.
Y sin embargo la realidad es exactamente la contraria.
La vejez no es una derrota.
Hay una paradoja silenciosa: pasamos la primera mitad de la vida intentando llegar a viejos y la segunda intentando no parecerlo. Quizá el verdadero problema nunca fue la edad, sino la manera en que aprendimos a mirarla. Confundimos juventud con belleza, cuando en realidad la juventud siempre fue una forma de esperanza. Y la esperanza, afortunadamente, no tiene fecha de nacimiento ni de caducidad.
Es un privilegio.
La humanidad pasó miles de años intentando sobrevivir. Durante la mayor parte de nuestra historia, llegar a los setenta años era una excepción extraordinaria. Hoy somos la primera generación que envejece masivamente. México ya supera los quince millones de personas mayores de sesenta años y, hacia mediados de siglo, uno de cada cuatro mexicanos pertenecerá a ese grupo. Paradójicamente, nunca habíamos vivido tanto y nunca habíamos hablado tan poco sobre el significado de llegar hasta aquí. Hemos aprendido a prolongar la vida, pero todavía estamos aprendiendo a comprenderla.
Quizá por eso nuestra época vive una contradicción extraordinaria. Nunca habíamos acumulado tantos años de vida y, sin embargo, pocas veces habíamos mostrado tanta incomodidad frente a la vejez. Admiramos la experiencia cuando aparece en los libros de historia, pero la ignoramos cuando se sienta junto a nosotros en una banca del parque. Escuchamos con fascinación a los viejos sabios de otras civilizaciones mientras construimos una cultura que pretende ocultar a sus propios ancianos. Hemos aprendido a alargar la existencia, pero todavía no aprendemos a honrar a quienes lograron recorrerla.
Millones de seres humanos nunca llegaron hasta aquí.
Millones de personas quedaron en el camino.
Algunos en la infancia.
Otros en la juventud.
Muchos en la plenitud de la vida.
Cada arruga es una victoria sobre la muerte.
Cada cabello blanco es una batalla ganada al tiempo.
Cada cumpleaños es un milagro estadístico.
Quizá por eso hoy no siento tristeza.
Siento gratitud.
Porque al mirar hacia atrás descubro que mi historia no comenzó hace setenta y cuatro años.
Comenzó mucho antes.
Comenzó con un niño de siete años que perdió a su padre demasiado pronto.
Un niño que no entendía por qué algunas puertas se cerraban para siempre.
Un niño que aprendió demasiado temprano que la vida no siempre pregunta si estamos preparados para sufrir.
Comenzó también con una mujer extraordinaria.
Mi madre.
Dolores.
La mujer que sostuvo una familia cuando parecía imposible sostenerla.
La que transformó el dolor en fortaleza.
La que convirtió la ausencia en alimento.
La que nos enseñó que la dignidad puede sobrevivir incluso en los tiempos más difíciles.
Si hoy llego a los setenta y cuatro años con el corazón lleno de recuerdos, gran parte de ese milagro le pertenece a ella.
Después llegaron las aulas.
Más de medio siglo de pizarrones.
Miles de estudiantes.
Generaciones enteras cruzando frente a mis ojos.
Algunos de aquellos muchachos que un día me llamaron maestro hoy son abuelos.
Y cuando eso ocurre uno comprende algo extraordinario:
No envejece solamente la persona.
También envejecen los recuerdos.
También envejecen las historias.
También envejece el tiempo.
Y, sin embargo, la vida continúa.
Continúa en las hijas.
Continúa en las nietas.
Continúa en los afectos.
Continúa en las palabras que dejamos sembradas en otros.
Porque al final no somos los años que cumplimos.
Somos las huellas que dejamos.
Al final comprendemos que la vida nunca fue una carrera contra el reloj. Era una conversación con el tiempo. Y el tiempo, aunque jamás responde con palabras, termina contestando todas nuestras preguntas.
Esta mañana imaginé una conversación imposible.
Frente a mí estaba aquel muchacho de veinte años que alguna vez fui.
Lo observé con detenimiento.
Tenía prisa.
Como todos los jóvenes.
Creía que el tiempo era infinito.
Creía que la vida siempre ofrecería otra oportunidad.
Creía que las personas amadas estarían ahí para siempre.
Y entonces sentí deseos de abrazarlo.
De detenerlo unos minutos.
De decirle que no corriera tanto.
Que llamara más veces a su madre.
Que abrazara más fuerte a quienes ama.
Que viajara cuando pudiera.
Que se atreviera más.
Que perdonara antes.
Que agradeciera más.
Que dejara de preocuparse por cosas que jamás ocurrirían.
Que entendiera que la felicidad casi nunca vive en el futuro.
Vive aquí.
En este instante.
En este preciso momento que solemos desperdiciar pensando en el siguiente.
Pero después comprendí algo.
Si pudiera hablar con aquel joven, quizá no le cambiaría nada.
Ni siquiera los errores.
Porque fueron precisamente esas equivocaciones las que me trajeron hasta aquí.
Y hoy, al cumplir setenta y cuatro años, no me siento al final de una historia.
Me siento en uno de sus capítulos más valiosos.
Porque la edad termina enseñándonos una verdad que la juventud ignora:
La vida no se mide por el tiempo que acumulamos.
Se mide por la intensidad con que hemos amado.
Por la cantidad de gratitud que somos capaces de sentir.
Por los corazones que tocamos durante el camino.
Por la luz que dejamos encendida cuando nos vamos.
Hoy cumplo setenta y cuatro años.
Y mientras escribo estas líneas descubro que no estoy llorando por la juventud que se fue.
Estoy agradeciendo la vida que permaneció.
Porque la verdadera tragedia no es envejecer.
La verdadera tragedia es dejar de vivir mientras todavía seguimos respirando.
Y si algo he aprendido después de setenta y cuatro años de caminar sobre esta tierra, es que el tiempo no nos roba la juventud.
Nos la transforma en memoria.
Nos la transforma en experiencia.
Nos la transforma en sabiduría.
Y eso, cuando se comprende de verdad, deja de parecer una pérdida para convertirse en un regalo.
Tal vez la juventud nunca se fue. Tal vez sigue viviendo en cada recuerdo que todavía nos emociona, en cada canción que aún nos estremece, en cada amistad que sobrevivió al tiempo, en cada sueño que se niega a morir. Quizá envejecer no consiste en perder la juventud, sino en aprender a llevarla por dentro sin necesidad de aparentarla por fuera.
Hoy cumplo setenta y cuatro años. El tiempo se llevó muchas cosas. Se llevó rostros, lugares, voces y despedidas. Pero me dejó lo esencial: la capacidad de agradecer. Y mientras pueda agradecer, seguiré sintiéndome inmensamente vivo.
Hoy no celebro los años que me quedan. Celebro el milagro inmenso de todos los años que la vida, generosa y misteriosamente, me permitió vivir.
Porque un día también yo seré apenas un recuerdo en la memoria de alguien. Y si ese día llega, no quisiera que me recordaran por la edad que alcancé, sino por la gratitud con la que aprendí a vivirla. Al final, eso es todo lo que permanece: el amor que dimos, el bien que hicimos y la memoria luminosa que dejamos habitando el corazón de los otros.
