BITÁCORA INQUIETA

LOS NIÑOS QUE ESTÁN ENVEJECIENDO DEMASIADO PRONTO

La obesidad infantil ya no es un problema de nutrición. Es el diagnóstico más severo sobre la sociedad que hemos construido.

Jesús Octavio Milán Gil

Son las diez y media de la mañana.

En una escuela primaria cualquiera de México, el timbre del recreo rompe el silencio de las aulas y, durante unos minutos, el patio se convierte en el escenario donde debería manifestarse la energía inagotable de la infancia. Los gritos, las carreras y las risas llenan el aire. Sin embargo, entre esa aparente normalidad comienza a revelarse una realidad mucho más profunda.

Un niño de cuarto grado sale con una pelota bajo el brazo. Corre detrás de un balón durante el recreo. A los pocos minutos disminuye el paso. Respira con dificultad. Se lleva las manos a las rodillas mientras observa cómo sus compañeros continúan jugando. No perdió porque fuera menos inteligente, menos valiente o menos disciplinado. Perdió porque su cuerpo comenzó a cargar un peso que nunca debió pertenecerle. Vuelve a correr apenas unos metros antes de detenerse. El aire parece escapársele del pecho. Jadea. Busca una sombra donde recuperar el aliento mientras observa cómo sus compañeros siguen jugando sin él.

A pocos metros, otro niño ni siquiera intenta incorporarse al partido. Permanece sentado, con la mirada fija en la pantalla de un teléfono celular que ha reemplazado al balón, al escondite y a la bicicleta. Nunca sintió la necesidad de levantarse.

Los dos pertenecen a la misma generación.

Una generación que nació rodeada de avances tecnológicos, acceso inmediato a la información y una disponibilidad de alimentos que ninguna otra generación mexicana había conocido.

Y, sin embargo, también pertenece a la primera generación que comienza a desarrollar enfermedades propias de los adultos cuando apenas está aprendiendo a vivir la infancia.

Hace apenas unos días, el director general del Instituto Mexicano del Seguro Social, Zoé Robledo, informó que brigadas de salud habían recorrido alrededor de ochenta y cinco mil escuelas primarias públicas del país para evaluar tres aspectos fundamentales del bienestar infantil: el peso, la agudeza visual y la higiene bucal.

Entre los primeros resultados apareció un dato que debería haber ocupado la primera plana de todos los periódicos nacionales.

El dieciocho por ciento de los niños evaluados presenta obesidad.

Pero el diagnóstico no terminó en la báscula.

Las mismas brigadas también revisaron la agudeza visual y la higiene bucal, dos dimensiones que suelen parecer menores frente al escándalo de la obesidad, pero que revelan otro rostro del abandono. Un niño que no ve bien aprende con dificultad. Un niño con caries mastica con dolor, duerme peor, se concentra menos y carga una forma silenciosa de desigualdad desde la boca hasta el salón de clases.

De acuerdo con los avances de la estrategia “Vive Saludable, Vive Feliz”, millones de alumnos han sido valorados en peso, talla, salud visual y salud bucal; además, cientos de miles han requerido consultas y se han entregado lentes gratuitos a estudiantes con debilidad visual.

El dato dialoga con una realidad más amplia: la ENSANUT en 2020-2023 estimó que el 36.5% de los escolares mexicanos de 5 a 11 años vive con sobrepeso u obesidad, mientras que en adolescentes la cifra alcanza alrededor del 40%. UNICEF ha advertido que México se encuentra entre los países donde el sobrepeso y la obesidad infantil representan ya una amenaza estructural para la salud presente y futura de niñas, niños y adolescentes.

La Organización Mundial de la Salud, por su parte, recuerda que la caries dental sigue siendo una de las enfermedades no transmisibles más extendidas del planeta: alrededor de 510 millones de niñas y niños padecen caries en dientes de leche.

Por eso la escuela mexicana no sólo está detectando niños con exceso de peso.

Está encontrando niños que no ven bien.

Niños que no mastican bien.

Niños que no corren bien.

Niños que no duermen bien.

Niños que comienzan a cargar, demasiado temprano, el expediente clínico de una sociedad adulta que no supo protegerlos a tiempo.

Leído con rapidez, puede parecer únicamente un porcentaje más dentro de la larga lista de estadísticas que diariamente consumimos y olvidamos.

Pero las cifras nunca son realmente frías.

Frío es el lenguaje con el que muchas veces escondemos el sufrimiento humano detrás de un número.

Porque ese dieciocho por ciento tiene rostro.

Tiene nombre.

Tiene familia.

Tiene sueños.

Y también posee arterias, hígado, páncreas, corazón y articulaciones que ya comienzan a soportar una carga para la cual jamás fueron diseñados.

Mucho antes de que aparezcan los porcentajes, el cuerpo ya había comenzado a hablar.

Durante décadas, México libró una batalla contra la desnutrición infantil. Hoy enfrenta un desafío infinitamente más complejo.

Millones de niños consumen suficientes calorías para sobrevivir, pero no reciben los nutrientes indispensables para desarrollarse plenamente.

Comen más.

Pero se alimentan peor.

Jamás había existido una oferta tan abundante de alimentos.

Y, paradójicamente, nunca había sido tan difícil alimentarse correctamente.

No porque las madres y los padres hayan dejado de amar a sus hijos.

Sino porque el mundo que los rodea cambió profundamente.

Cambiaron las ciudades.

Cambiaron los horarios.

Cambió la publicidad.

Cambió la industria alimentaria.

Y nosotros terminamos cambiando junto con ella.

La cocina, que durante generaciones fue el corazón de la vida familiar, comenzó a ser desplazada por productos capaces de permanecer durante meses sobre un anaquel sin deteriorarse, aunque incapaces de ofrecer la riqueza nutricional de una comida preparada en casa.

Mientras eso ocurría, los patios empezaron a vaciarse lentamente.

Los videojuegos ocuparon el espacio que antes pertenecía a las bicicletas.

Las redes sociales desplazaron los juegos tradicionales.

Y el movimiento fue perdiendo, casi sin que nos diéramos cuenta, una batalla silenciosa frente a las pantallas.

Nada de esto ocurrió de un día para otro.

Las transformaciones sociales más profundas jamás anuncian su llegada con estridencia.

Cuando finalmente las descubrimos, ya forman parte de nuestra vida cotidiana.

Por eso, cuando un médico informa que un niño vive con obesidad, la enfermedad no comenzó en ese consultorio.

Había empezado mucho tiempo atrás.

Tal vez con un desayuno construido exclusivamente alrededor de productos ultraprocesados.

Tal vez cuando el agua dejó de ser la bebida cotidiana y fue sustituida por refrescos y bebidas azucaradas.

Tal vez cuando la inseguridad obligó a miles de padres a preferir que sus hijos permanecieran dentro de casa en lugar de salir a jugar.

Tal vez cuando las jornadas laborales hicieron imposible encontrar tiempo suficiente para cocinar.

O quizá cuando el mercado descubrió que un niño representa uno de los consumidores más rentables de toda la economía.

Por eso resultaría profundamente injusto culpar únicamente a los padres.

Ellos toman decisiones.

Pero esas decisiones se desarrollan dentro de un entorno económico, cultural y comercial que permanentemente empuja hacia hábitos poco saludables.

La obesidad infantil no nace solamente en la cocina.

También nace en la publicidad.

En la manera como diseñamos nuestras ciudades.

En la desigualdad social.

En los horarios de trabajo.

En la educación.

Y en las políticas públicas.

La medicina puede tratar las consecuencias.

Pero únicamente la sociedad puede prevenir las causas.

Diversas investigaciones nacionales e internacionales coinciden en que la obesidad infantil incrementa significativamente el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, hipertensión arterial, enfermedades cardiovasculares, hígado graso, alteraciones metabólicas y numerosos problemas ortopédicos.

Sin embargo, existe una consecuencia de la que hablamos muy poco.

La emocional.

Muchos niños descubren demasiado temprano lo que significa sentirse distintos.

Aprenden el peso de las burlas antes de comprender plenamente quiénes son.

Y esas heridas, invisibles para cualquier estudio clínico, pueden permanecer durante muchos años.

Porque la autoestima también forma parte de la salud.

Y ninguna báscula tiene la capacidad de medirla.

Muchos creen que las brigadas del IMSS únicamente salieron a pesar niños.

En realidad, fueron a pesar el futuro de México.

Cuando casi uno de cada cinco alumnos de primaria vive con obesidad, esa cifra deja de pertenecer exclusivamente al expediente clínico.

Se convierte en un indicador económico.

Educativo.

Social.

Y profundamente moral.

Nos habla de aquello que estamos comiendo.

De la forma en que vivimos.

De cuánto caminamos.

De aquello que consumimos.

De los valores que transmitimos.

Y, sobre todo, del tiempo que realmente dedicamos a nuestros hijos.

Los gobiernos acostumbran medir su éxito mediante kilómetros de carreteras construidas, puentes inaugurados, hospitales abiertos o inversiones extranjeras captadas.

Todo eso importa.

Pero existe una infraestructura infinitamente más importante que cualquiera de ellas.

La salud de una generación completa.

Ninguna economía puede sostener su prosperidad durante décadas si sus niños llegan enfermos a la edad productiva.

No existe desarrollo verdaderamente sostenible cuando la diabetes comienza durante la infancia.

No existe crecimiento económico capaz de compensar una niñez perdida entre enfermedades que pudieron prevenirse.

Y, pese a todo, todavía estamos a tiempo.

La obesidad infantil puede prevenirse.

No existe una solución milagrosa.

Existe algo mucho más poderoso.

Miles de decisiones pequeñas repetidas todos los días.

Elegir agua.

Caminar.

Dormir bien.

Jugar.

Consumir frutas y verduras.

Preparar alimentos en casa.

Reducir el consumo de bebidas azucaradas y de productos ultraprocesados.

Ninguna de esas acciones parece extraordinaria cuando se observa de manera aislada.

Pero juntas poseen la capacidad de transformar el destino de millones de niños.

Quizá dentro de veinte años nadie recuerde aquella conferencia donde se informó que el dieciocho por ciento de los alumnos de primaria vivía con obesidad.

Las conferencias terminan.

Las estadísticas cambian.

Los funcionarios concluyen sus encargos.

Lo único que permanece son las generaciones.

Dentro de dos décadas, esos niños ocuparán los lugares desde donde se construye un país.

Serán médicos.

Maestros.

Ingenieros.

Campesinos.

Investigadores.

Empresarios.

Soldados.

Artistas.

Gobernantes.

Y será entonces cuando descubramos si aquel dieciocho por ciento fue simplemente otro dato perdido entre tantos informes oficiales… o la primera advertencia que decidimos ignorar.

Porque una nación jamás puede medirse únicamente por el tamaño de su economía, la altura de sus edificios o la magnitud de sus obras públicas.

También se mide por la salud con la que llegan sus niños al futuro.

Y quizá el juicio más severo que la historia termine pronunciando sobre nuestra época no sea que construimos pocas escuelas o pocos hospitales.

Sino que, teniendo a nuestro alcance toda la ciencia, toda la tecnología y todo el conocimiento necesarios para evitarlo, fuimos la generación que permitió que sus hijos comenzaran a envejecer antes incluso de aprender plenamente a vivir.