LA CULPA NO ES DEL CIEGO, SINO DE QUIEN LE DIO EL BASTÓN
Por. Roberto Montoya Martínez
LO DIJO MONTOYA. En su celebérrima sección MERCADO DE LÁGRIMAS, presenta un capítulo más de AHORA SON LLAMADAS, DESPUÉS VENDRÁN LOS REPÍQUES. De la autoría de Esteban Dido. No es un secreto para nadie que LA CASA DE LOS BABOSOS, perdón, FAMOSOS, está en caída libre, pues sus niveles de audiencia están cuesta abajo. Los muebles están echando por tierra el buen nombre del programa. La productora ya respingó, y aceptó que esta es la peor temporada de todas. Pero debe acordarse que ella mandó llamar a esos cretinos, que aparte de nada, no aportan nada al programa. Esta señora quemó la pólvora en infiernitos. Pogan ojo al parche.
La Casa de los Famosos México atraviesa una de sus etapas más cuestionadas. Lo que alguna vez fue sinónimo de polémica, estrategia, alianzas, romances y grandes momentos televisivos, hoy es señalado por una parte del público como un reality carente de emoción y con habitantes que, según las críticas en redes sociales, pasan buena parte del tiempo como simples espectadores de su propia casa. La producción, incluso, ya enfrenta el mote de “La Casa de los Muebles”. Y en medio de la tormenta aparece un nombre inevitable: Rosa María Noguerón, productora del reality, a quien numerosos espectadores responsabilizan de haber armado un casting que, a su juicio, no consiguió reunir las personalidades explosivas que el formato necesita.
La crítica no necesariamente tendría que dirigirse contra los habitantes. Al fin y al cabo, a nadie se le puede exigir que sea un gran protagonista si nunca tuvo las características necesarias para serlo. El problema estaría en quien tomó las decisiones de casting y puso a determinadas personas frente a las cámaras esperando que, por el simple hecho de encerrarlas bajo un mismo techo, surgiera la magia. Y la magia, sencillamente, no apareció.
Un casting que no convenció
Desde antes del arranque de la temporada se habló de la necesidad de sorprender al público y reunir perfiles capaces de generar conversación. La propia producción había señalado que buscaba personalidades con exposición en internet y distintos perfiles para provocar una convivencia intensa. Sin embargo, una cosa es tener seguidores, presencia digital o cierta fama y otra muy diferente es tener madera para un reality de convivencia. Ahí estaría, para sus detractores, el gran error.
El público esperaba personajes capaces de confrontar, elaborar estrategias, formar alianzas, romperlas, enamorarse, competir y defender sus posiciones. En cambio, la percepción de numerosos espectadores es que varios habitantes simplemente ocupan un espacio dentro de la casa sin conseguir convertirse en protagonistas.
De ahí surgió el calificativo de “muebles”, una etiqueta que incluso se ha convertido en parte de la narrativa de esta temporada. De hecho, algunos participantes fueron enviados al llamado “exilio” después de ser considerados precisamente de esa manera.
¿Son culpables los habitantes?
Aquí está el punto medular: no necesariamente. Sería injusto responsabilizar exclusivamente a los participantes por una temporada que no termina de despegar. Si alguien acepta entrar a un reality, lo hace con las herramientas de personalidad, experiencia y temperamento que posee.
El verdadero cuestionamiento debería dirigirse hacia el proceso de selección.
Porque si el programa necesitaba fuego, había que contratar leña.
Si necesitaba conflicto, había que buscar personalidades con carácter.
Si necesitaba estrategia, había que incorporar jugadores.
Y si necesitaba espectáculo, había que encontrar protagonistas capaces de generarlo.
No se puede pedir una gran temporada con un elenco que, desde la perspectiva de sus críticos, no tiene los elementos suficientes para producirla.
“No tengo favoritos”
Noguerón, por su parte, ha defendido la temporada y ha rechazado la idea de que exista una preferencia por determinados habitantes. También ha sostenido que dentro de la casa sí existe contenido y que la intención de la producción es propiciar conversaciones y experiencias entre los participantes. Pero el problema no parece ser únicamente quién tiene o no tiene favoritismo.
El problema es la percepción del público.
Y cuando un programa de entretenimiento pierde la capacidad de entusiasmar a su audiencia, las explicaciones de producción pueden resultar insuficientes. El televidente no está obligado a aceptar que hay emoción simplemente porque alguien se la explique. La emoción tiene que verse, sentirse y provocar conversación.
El público quería espectáculo
Las temporadas anteriores establecieron una vara muy alta. Por eso ahora cualquier comparación resulta inevitable. La audiencia ya sabe lo que espera de La Casa de los Famosos: personajes que den de qué hablar, que se enfrenten, que jueguen, que se equivoquen, que provoquen simpatías y antipatías.
No basta con estar sentado en un sillón.
No basta con aparecer en las galas.
No basta con acumular seguidores en redes sociales.
Y mucho menos basta con ser famoso.
Para hacer televisión hay que tener algo que contar.
Por eso la decepción de los espectadores termina convirtiéndose en un reclamo hacia la producción. Si el casting fue diseñado para generar espectáculo y el resultado es percibido como aburrido, entonces hay que revisar quién diseñó el elenco.
La responsabilidad está arriba
La frase “La culpa no es del ciego, sino de quien le dio el bastón” resume perfectamente la situación. Los habitantes llegaron porque alguien los eligió. Fueron contratados porque alguien consideró que tenían las características necesarias. Fueron encerrados en esa casa porque alguien apostó por ellos.
Y ahora, si la apuesta no está funcionando, la responsabilidad no puede recaer únicamente sobre quienes están frente a las cámaras. La producción tiene la obligación de asumir las consecuencias de sus decisiones. Porque un reality no se sostiene solamente con una escenografía espectacular, cámaras funcionando las 24 horas y galas perfectamente producidas. Se sostiene, fundamentalmente, con personajes.
Y cuando esos personajes no generan historias, el formato se convierte en una larga sucesión de horas televisivas esperando que ocurra algo. Eso es precisamente lo que muchos espectadores dicen estar experimentando esta temporada. La Casa de los Famosos no necesita necesariamente más famosos.
Necesita mejores protagonistas.
Y quizá la gran lección para futuras ediciones sea muy sencilla: antes de preguntarse cuánto alcance tiene un aspirante en redes sociales, cuántos seguidores acumula o qué tan conocido es, habría que preguntarse algo mucho más importante: ¿Tiene lo necesario para sostener un reality durante semanas?
Porque si la respuesta es no, entonces el problema no está dentro de la casa. Está en el casting.
La culpa no es del ciego, sino de quien le dio el bastón. La señora Rosa María Noguerón se quiere lavar las manos, evadiendo su responsabilidad. Los integrantes son los menos culpables en esta situación, solo se prestan al juego, que por cierto no están sabiendo jugar. De plano, de los dos no se hace uno. Sin embargo, la señora Noguerón debe asumir su responsabilidad ante este fracaso. Lo que se han de estar riendo en TV Azteca. La culpa no es del gallo, sino del amarrador
