ANA DE NADIE: UNA MIRADA QUE NO CONVENCIÓ
Por: Roberto Montoya Martínez
A Más sigue echando mano de los enlatados para cubrir tiempo. Y en esta ocasión, tuvo que volver a poner en circulación el remake de SEÑORA ISABEL, lo que aquí conocimos como MIRADA DE MUJER. Esta versión refrescada no viene por revancha, sino que era lo que había. Al menos Televisa tiene un catálogo vasto de telenovelas. En cambio Azteca no quiere darle tanto juego a lo que tiene en su videoteca. No es que uno sea mala onda, pero como dicen, nada mejor que el original. Échense este trompo al’ uña.
Ana de Nadie, la versión colombiana que retoma la historia de Mirada de mujer, llegó a la pantalla de A Más con la encomienda de conquistar a una nueva generación de espectadores, pero su paso por la televisión mexicana ha provocado, hasta ahora, una reacción bastante tibia. La producción se transmite de lunes a viernes a la una de la tarde y, aunque parte de una historia que ya demostró su enorme capacidad para conectar con el público, no ha conseguido despertar el mismo entusiasmo que sus antecesoras.
Y es que hablar de Mirada de mujer inevitablemente lleva a recordar la versión mexicana de 1996, protagonizada por Angélica Aragón, Fernando Luján y Ari Telch, una producción que marcó un antes y un después dentro de la televisión mexicana. Su propuesta, mucho más adulta y alejada de los tradicionales esquemas de la telenovela rosa, encontró eco entre una audiencia que se identificó con los conflictos sentimentales y familiares de sus personajes.
Pero incluso antes de la adaptación mexicana existe un referente fundamental: Señora Isabel, la telenovela colombiana de 1993 que dio origen a esta saga de historias sobre mujeres maduras que enfrentan el replanteamiento de su vida sentimental y personal. Por ello, Ana de Nadie carga con una comparación difícil de evitar. Para buena parte del público mexicano, la versión de 1996 continúa siendo el referente por excelencia. Aquella Mirada de mujer consiguió convertir una historia de infidelidad, desencanto matrimonial, diferencias generacionales y nuevas oportunidades amorosas en un fenómeno televisivo.
Ana de Nadie, en cambio, parece haber llegado cuando los espectadores ya conocen demasiado bien la historia. Y cuando una nueva versión no aporta una personalidad suficientemente poderosa, las comparaciones terminan jugando en su contra.
El problema no necesariamente está en el argumento. La premisa continúa teniendo vigencia: una mujer que, después de muchos años dedicada a su familia, descubre que su matrimonio está lejos de ser el refugio que imaginaba y debe enfrentarse a la posibilidad de comenzar nuevamente su vida. El asunto está en la conexión.
Porque una historia puede ser buena, pero necesita personajes capaces de provocar identificación, emociones y conversación. Eso fue precisamente lo que consiguió Mirada de mujer en México: convirtió a María Inés Domínguez en un personaje inolvidable y consiguió que su historia trascendiera la pantalla.
En Ana de Nadie, la respuesta del público mexicano ha sido mucho más discreta. La producción cumple con su función de entretenimiento dentro de la programación de A Más, pero no parece haber generado el fenómeno que algunos esperaban al tratarse de una nueva aproximación a una historia tan conocida.
Y quizá ahí está la principal lección: los clásicos tienen una enorme ventaja, pero también una pesada carga. Cuando el público ya tiene una versión favorita, cualquier remake debe demostrar que existe una razón para volver a contar la historia.
Por ahora, Ana de Nadie parece estar enfrentando justamente ese desafío. Su horario de la una de la tarde le permite llegar a un público amplio, pero la nostalgia pesa y mucho. Para muchos televidentes, cuando se habla de esta historia, la mirada continúa siendo la de 1996, mientras que otros prefieren remontarse todavía más atrás, hasta la original Señora Isabel. El público será bueno y sabio, pero no maje.
Al final, Ana de Nadie tiene ante sí una tarea complicada: demostrar que no es simplemente otra versión de una historia que ya conocemos, sino una producción con identidad propia. Porque en televisión, como en el amor, las segundas oportunidades no siempre funcionan. Hoy, como ayer y como siempre, ustedes tienen la última palabra.
