BITÁCORA INQUIETA

 

CUANDO EL INGENIO DEJO DE LATIR

Ingenio Rosales (1948-1997): la fábrica que convirtió a Costa Rica, Sinaloa, en un pueblo azucarero… y el día en que el silencio sustituyó al vapor

Jesús Octavio Milán Gil

Hay pueblos que nacen alrededor de una plaza.

Hay pueblos que nacen alrededor de una iglesia.

Y hay pueblos —como Costa Rica, en el sur del valle de Culiacán— que nacen alrededor de una chimenea.

Durante casi medio siglo, esa chimenea fue la del Ingenio Rosales.

Una torre de hierro y humo que no sólo refinaba azúcar: refinaba destinos.

Porque el ingenio no fue únicamente una fábrica.
Fue un sistema económico, una cultura laboral, un reloj social y una forma de entender la vida.

Entre 1948 y 1997, miles de familias del valle aprendieron a medir el tiempo no por el calendario… sino por la zafra.

Y cuando la zafra terminaba, el pueblo también cambiaba de ritmo.

El nacimiento de un corazón industrial

El Ingenio Rosales comenzó a operar en 1948, en un México que todavía intentaba reconstruirse después de la Revolución.

El país vivía el auge del modelo de industrialización por sustitución de importaciones, impulsado por el Estado.

Era la época en que el gobierno apostaba por crear industrias regionales para desarrollar el campo.

En Sinaloa, el valle agrícola comenzaba a consolidarse como uno de los más productivos del país.

El ingenio surgió entonces como parte de un proyecto mayor:
industrializar la producción de caña de azúcar del valle de Culiacán.

La lógica era simple y poderosa:
Si el valle producía caña,
el ingenio produciría riqueza.

Y durante décadas así fue.

En su momento de mayor actividad, el Ingenio Rosales llegó a procesar miles de toneladas de caña por día durante la zafra.

Cada temporada movilizaba:

* cientos de cortadores de caña

* transportistas

* mecánicos

* técnicos

* obreros de fábrica

* empleados administrativos

Pero si se contaban las familias, los comerciantes, los proveedores y los pequeños negocios que dependían indirectamente del ingenio, la cifra crecía.

En realidad, medio Costa Rica vivía del ingenio.

El ruido que organizaba la vida

En aquellos años, el ingenio era ruido.

Un ruido permanente.

Las máquinas trituraban caña día y noche.

Las bandas transportadoras chirriaban.

Las calderas expulsaban vapor.

Y el aire del pueblo tenía un olor particular: mezcla de melaza, bagazo y humo dulce.

Para muchos niños de aquella época —hoy abuelos— ese olor es la memoria más clara de su infancia.

Era el olor del trabajo.

Era el olor del salario.

Era el olor de la estabilidad.

Las historias familiares de Costa Rica están llenas de frases como estas:

—“Tu abuelo trabajó en el ingenio.”
—“Tu papá entró de mecánico.”
—“Yo empecé de ayudante en la molienda.”

El ingenio no sólo daba empleo.

Daba identidad.

La economía de la zafra

La zafra azucarera era el corazón del calendario.

Cada temporada movilizaba una pequeña economía regional.

Llegaban camiones cargados de caña desde los campos.

Los cortadores trabajaban jornadas agotadoras.

El ingenio molía sin descanso.

Los comercios del pueblo vendíamos más.

Las fondas se llenaban.

Las cantinas también.

Porque la zafra traía dinero.

Pero también traía cansancio.

Y traía una forma de vida dura que hoy parece lejana.

México cambia… y los ingenios también
Durante décadas el sistema azucarero mexicano funcionó bajo una lógica protegida.

El Estado intervenía en precios.

El gobierno regulaba producción.

Y los ingenios sobrevivían dentro de ese modelo.

Pero el país empezó a cambiar.

A partir de los años ochenta, México entró en una transformación económica profunda:

* crisis de deuda

* apertura comercial

* privatizaciones

* modernización industrial

La economía dejó de proteger industrias ineficientes.

Y muchos ingenios del país comenzaron a enfrentar problemas:

* baja productividad

* maquinaria obsoleta

* altos costos laborales

* endeudamiento

El Ingenio Rosales no fue la excepción.

La fábrica que había sido símbolo de prosperidad comenzó a mostrar señales de desgaste.

Las estructuras envejecían.

La tecnología se volvía insuficiente.

Los costos crecían.

Y el negocio del azúcar empezaba a competir con mercados más abiertos.

El final de una época

En 1997, después de décadas de operación, el ingenio cerró.

El cierre no fue una explosión.

Fue algo más silencioso.

Las máquinas dejaron de moverse.

Las calderas se apagaron.

La chimenea dejó de humear.

Y lo que durante casi medio siglo había sido el corazón industrial del pueblo se convirtió en lo que hoy vemos en la fotografía:

* una estructura oxidada.

* Un esqueleto industrial.

* Una memoria de hierro.

Para muchos trabajadores el cierre significó más que perder un empleo.

Significó perder una época.

El paisaje de la memoria

Hoy las generaciones jóvenes pasan frente al edificio abandonado y preguntan:

—¿Qué era eso?

Y los mayores responden:

—Ahí estaba el ingenio.

Pero esa frase corta contiene una historia larga.

Ahí trabajaron miles.

Ahí se pagaron sueldos que sostuvieron familias.

Ahí se construyeron casas.

Ahí se financiaron estudios.

Ahí se formó una cultura laboral.

El ingenio fue una escuela de trabajo colectivo.

El país que quedó después

El cierre del ingenio coincidió con un cambio mayor en la economía de Sinaloa.

El valle dejó de depender tanto de la caña.

La agricultura se diversificó.

Llegaron nuevos cultivos.

Nuevos mercados.

Nuevas dinámicas económicas.

Costa Rica dejó de ser un pueblo azucarero para convertirse en otra cosa:
un nodo agrícola dentro del gran valle productivo de Culiacán.

Pero las transformaciones económicas no borran las memorias.

Lo que queda cuando el ruido se apaga

Hoy el Ingenio Rosales es una ruina industrial.

Pero no es una ruina cualquiera.

Es un monumento involuntario al trabajo.

Cada viga oxidada es una historia.

Cada tanque vacío es una jornada.

Cada muro descascarado es una generación.

Los pueblos cambian.

Las economías se transforman.

Las fábricas cierran.

Pero las memorias permanecen.

Y mientras haya alguien que recuerde el ruido de aquellas máquinas, el ingenio seguirá existiendo.

Aunque sólo sea en la memoria colectiva del valle.

Colofón

El Ingenio Rosales nos recuerda algo que México suele olvidar demasiado rápido:
las economías cambian,
los modelos productivos se transforman,
pero las comunidades que construyeron esas economías siguen viviendo con las consecuencias.

La pregunta no es sólo qué fue el ingenio.

La pregunta es otra, más incómoda:
qué hacemos hoy con los pueblos que nacieron alrededor de fábricas que ya no existen.

Porque cuando una chimenea se apaga,
no sólo se apaga una industria.

Se apaga una parte de la historia.

Y si esa historia no se cuenta,
las nuevas generaciones pasarán frente a las ruinas…
sin saber que ahí, durante casi cincuenta años,
el azúcar fue el corazón que hacía latir a Costa Rica.

Foto tomada de las redes.

Nos leemos en la siguiente columna.