BITÁCORA INQUIETA
LOS NÚMEROS SONRÍEN, LA GENTE DUDA
¿Por qué una economía puede mostrar señales de fortaleza mientras una parte de la sociedad sigue sintiéndose vulnerable?
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Hay una paradoja que recorre a México.
Los indicadores económicos pueden mejorar.
Y, sin embargo, la incertidumbre permanecer.
Los inversionistas pueden anunciar nuevos proyectos.
El desempleo puede mantenerse en niveles históricamente bajos.
La inflación puede descender.
El peso puede fortalecerse.
La recaudación fiscal puede aumentar.
Y aun así, millones de ciudadanos pueden seguir sintiendo que algo no termina de encajar.
Porque las economías no se viven en las gráficas.
Se viven en las calles.
La estadística observa tendencias.
Las personas observan riesgos.
Los economistas hablan de inversión extranjera.
Las familias hablan de la renta.
Los analistas celebran la estabilidad monetaria.
Los comerciantes observan si venden más o menos que la semana pasada.
Los gobiernos presentan indicadores agregados.
Los ciudadanos evalúan su realidad cotidiana.
Ambas visiones pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Ésa es la paradoja.
La historia económica está llena de ejemplos donde los indicadores macroeconómicos avanzaron mientras la percepción social permanecía estancada.
La razón es sencilla.
El crecimiento económico y la confianza social no siempre viajan a la misma velocidad.
La inversión puede llegar primero.
Los empleos después.
Los salarios más tarde.
Y la sensación de bienestar mucho tiempo después.
A ello se suma otro fenómeno que las estadísticas rara vez capturan por completo: la inseguridad.
Un país puede atraer inversiones multimillonarias y al mismo tiempo registrar comunidades donde los ciudadanos modifican sus horarios, cancelan actividades nocturnas o viven bajo una percepción permanente de riesgo.
Puede existir estabilidad financiera y simultáneamente incertidumbre social.
Puede haber crecimiento económico y desconfianza institucional.
Puede aumentar el salario mínimo y seguir creciendo la preocupación por el costo de la vivienda, los servicios o la atención médica.
Porque las personas no construyen su percepción únicamente con indicadores.
La construyen con experiencias.
Con noticias.
Con expectativas.
Con miedos.
Con recuerdos.
Y con aquello que observan todos los días al salir de casa.
Por eso las democracias modernas enfrentan un desafío cada vez más complejo.
No basta con producir crecimiento.
No basta con atraer inversión.
No basta con mejorar indicadores.
También es necesario generar confianza.
La confianza es la variable invisible que conecta la economía con la vida cotidiana.
Y cuando esa conexión se rompe, aparecen las paradojas.
Los números sonríen.
Pero la gente duda.
Hay algo que las estadísticas no pueden medir completamente.
El miedo.
El miedo a perder el empleo.
El miedo a enfermarse.
El miedo a la violencia.
El miedo a que el futuro resulte más difícil que el presente.
Y cuando el miedo ocupa demasiado espacio en una sociedad, incluso las buenas noticias económicas tardan más en convertirse en esperanza.
México parece encontrarse precisamente en ese punto de la historia.
Un momento donde algunos indicadores muestran fortaleza, mientras amplios sectores de la población continúan preguntándose si esa fortaleza terminará llegando a su propia realidad.
Porque una economía puede crecer.
Puede exportar más.
Puede atraer inversiones.
Puede fortalecer su moneda.
Pero una nación solamente avanza cuando sus ciudadanos sienten que el futuro será mejor que el presente.
Ésa es la diferencia entre crecimiento y desarrollo.
Y ésa es, quizás, la pregunta más importante que México deberá responder durante los próximos años.
